miércoles, 10 de septiembre de 2008

ANOCHE

Anoche salí a caminar, golpeado por la espesa lluvia, que derribaba mis males al ritmo veloz con el que el viento se fumaba mi cigarro, golpeado por esos puños invisibles que me siguen a todas partes, golpeado por mi mente enferma, aplastado por la indiferencia del mundo hacia la podredumbre de éste. Sé que soy lo que esta sociedad necesita, no sé si soy un héroe, un vengador, un justiciero o sólo un paria, pero se que soy necesario. El humo de mi tabaco me embriaga, necesito su opio vulgar para escapar a la realidad que me enturbia y me asquea, reconozco que estoy enfermo, pero son los tiempos que corren fugaces los que me han llevado a esta situación, no puedo adivinar si viviré para fumar otra noche más, no soy capaz de imaginarme bebiendo otra cerveza con la única gente más o menos sana de esta pocilga, pero lo asumo con valor y la certeza de estar haciendo un bien enorme.

Me calo el sombrero, la lluvia me sana y me molesta por igual, enciendo otro cigarro para compartirlo de nuevo con el aire que refresca mis maltrechos pulmones y que más tarde ayudará al humo a acomodarse en ellos. Compruebo una vez más que todo está en orden, lo está. Avanzó despreocupado y sin miramientos hacia el final, apuro lo que queda de mi tabaco, me intoxico por última vez sintiendo ese delicioso alquitrán penetrar en mi organismo. Consulto mi reloj, soy más exacto que él. Abro la puerta, aspiro el aire denso y turbio del lugar, huele a pecado, a lascivia, a perversión, a alcohol, a tabaco, a drogas, a sudor, a vomitonas, a felicidad, a buenos momentos, a grandes amistades, a amores eternos, a música, el estómago se me da la vuelta. Ahora soy más consciente de mi misión en el mundo. Cierro los ojos un momento y en una fracción de segundo recibo el primer botellazo en la cabeza, me giro, cierro los puños y golpeo a mi agresor con contundencia tumbándolo de un único y seco golpe. Le cojo, le levanto y lo uso de parapeto humano. Como imaginaba sus "amigos" no tienen reparos en disparar contra él con tal de matarme, ruedo hasta la barra, será mi trinchera una vez más. Cojo una botella de bourbon, la pruebo, me regodeo en su áspero sabor, acto seguido saco mi pañuelo del bolsillo, lo introduzco por el cuello de la botella dejando parte de la tela por fuera, saco mi mechero, le prendo fuego y lanzó el cóctel infernal por encima de la barra, se oyen gritos, disparos, pasos acelerados y en décimas de segundo una explosión sacude la sala, entonces los gritos se confunden con el crepitar de la carne quemada. Saco mi escopeta de la espalda, me levanto tras la barra sin pensármelo, si he de morir, moriré matando. Mi primer objetivo es la maldita gramola del fondo del bar, odio la canción que está sonando, el segundo disparo se lo dedico a un granuja que salía del baño subfusil en mano, con unas intenciones probablemente dañinas para mi persona, le acierto de lleno, sus vísceras decoran ahora las paredes y a parte de sus compinches. Aún me quedan cinco disparos y ellos son siete, bueno, puede que muera hoy, así que ¿por qué no derrochar? Cinco tiros, cinco cadáveres más. Ahora quedan dos, uno con una pistola y el otro con un taco de billar, el del billar no es problema, pero el de la pistola parece saber lo que hace, apunta con calma, entonces le lanzo mi escopeta a la cara con la intención de desequilibrarle y hacerle errar el tiro, lo consigo, es mío. Me abalanzó sobre él antes de que pueda reponerse del escopetazo y le parto el brazo con el que empuña el arma, me la quedo, le pego un tiro al pertiguista del billar que venía a vengar a su amigo, luego le vuelo la cabeza al último superviviente. Odio mancharme de sangre, la casquería se quita rápido, pero la sangre cuesta más.

Voy al baño, me quito la máscara, me cuesta respirar, vomito. Limpio la máscara. Entro a mear. Oigo como se abre la puerta del baño y unos pasos de tacón, sigo orinando. La puerta de mi váter se abre y allí aparece ella, virginal, puta, soberbia, humilde, grandiosa, asquerosa, bella. Es la misma imagen de Afrodita y yo un pobre iluso. Me apunta con su magnúm y siento los tiros antes de que apriete el gatillo, mi pecho está en llamas, recibo la primera bala y es indolora, recibo seis más, todas igualmente inocuas. Ella se va satisfecha de su trabajo, yo me voy, satisfecho del mío, orgulloso de haber muerto de amor antes de recibir siete balazos.

Despierto sudoroso y sobresaltado... Espera, ¿sudan los muertos?

5 comentarios:

Anónimo dijo...

gran final!!! besitooos!! SathieM

Miner dijo...

un relato increible.. realmente tio, esto se te da bien!vocabulario bello, principio incierto, centro desconertante y final que te deja pensativo.. todavia recuerdo la tarde en que nos quejabamos de que el viento nos robaba caladas... :P , y porque tengo la grandisima impresion de que donde la lias parda es el amador?? sera la gramola, grandiosa... un besazo y sigue asi, espero ansiosa tu siguiente relato, tu vales para esto!

Anónimo dijo...

jajajaja!!! yo tambien tuve la sensación al leerlo de que el lugar de los hechos era el amador...
SathieM

MIGUELo dijo...

Podría serlo, si cambiamos un poco la distribución de las cosas en el Amador.

Cel-Tika :-) dijo...

El primer relato del blog, que por cierto cumple una década ya! :-)
Muy bueno, como todo lo que escribes, hijo!