viernes, 12 de septiembre de 2008

CAFÉ

-¡Mierda!

Es lo primero que farfullo cuando siento que el sol golpea mi cara con violencia y me obliga a despertar de mi sueño. Hoy será un día tan malo como otro cualquiera. ¿Qué me turba? No lo sé, supongo que lo de siempre, todo y nada y ese miedo cabrón que se agazapa en mi pecho, dispuesto a hacerme estallar un día de estos. Me levanto de mi tumba diaria, me desperezo, preparando la maquinaria de mi cuerpo para otra dura rutina, corro las cortinas dejando una penumbra que permita a mis ojos acostumbrarse a la oscuridad del mundo, todo parece más real ahora. Mi esfinter me llama, voy al baño, meo. Me miro en el espejo, me aborrezco, me lavo la cara, como buscando una excusa para mi descuidado aspecto. Palpo mi barbilla, árida como un desierto con sus cactus, pincha. Ya me afeitaré más tarde, o no, ¿qué importa el aspecto cuando tus fantasmas y tus miedos te obligan a llevar una máscara y un disfraz? Enciendo un cigarro, me deleito con las espirales de humo que gatean hacia mis pulmones, en ese éxtasis no me importa que el sol acaricie mi cara, me acerco a la ventana. Veo una pareja paseando cogidos de la mano, haciéndose carantoñas, desvío la mirada, observo niños jugando felices, me revuelvo, reparo en dos chavales de unos quince años, con las mochilas escolares a la espalda, porro en mano, volviéndose adultos al ritmo de sus caladas, deseo matar y vomitar. Apago el cigarro, me dirijo al armario, observo su desnudez, sólo hay ropa de trabajo. En mi embelesamiento la cólera del mundo abre la puerta de mi habitación de una patada y se personifica en un muro negro, con más ladrillos en los brazos que yo en todo el cuerpo, me asombra, mala señal, en efecto el primer puño me golpea en el torso, obligándome a escupir sangre y lanzándome sobre la cama, pero logrando un grato efecto, el dolor me despierta, activa mi cerebro, estoy atrapado como un ratón en su jaula y necesito una salida. Me limpio las comisuras de los labios en un intento de parecer entero. Le lanzo la lámpara de la mesita de noche a la cara sin darle tiempo a reaccionar, aprovecho su descuido para correr al baño, cierro la puerta y echo el pestillo. Acabo de ganar unos quince segundos hasta que esa mula tire la puerta. Me preparo, me agazapo a pocos metros de la puerta, los justos para no ser golpeado cuando el brutal impacto de un mazo hecho de carne la haga pedazos, aún no he acabado de pensar esto, cuando la puerta queda convertida en metralla, me apoyo en el caos de astillas y serrín y me abalanzo sobre lo que el mundo consideró traerme el desayuno a la cama. Salto sobre su pecho, él aún está confuso, sin pensármelo dos veces, le afeito de un modo muy poco considerado, directo a la yugular y sin espuma, procurando cortar lo máximo posible. Los estragos de mi hazaña Davidiana no se hacen esperar, el animal se revuelve, me arroja contra el armario, destrozándonos. Su sangre comienza a llenar dos cosas: mi habitación y su furia. Ruedo justo a tiempo de ver como se estampa sobre los restos de mi maltrecho y amado armario. Respiro aliviado por un momento, parece que no va a levantarse, me equivoco, un giro y un posterior puño bastan para lanzarme sobre más mobiliario, esta vez el váter. Mi espalda se ve surcada por regueros de agua y orina, escuece, se refresca, odia. Me levanto como puedo, mi oponente espera cansado, de pie ante mí, como un coloso harto de aguantar su tamaño, seré compasivo. Cojo un trozo de cerámica, me acerco despacio y tranquilo, él cae de rodillas, como suplicando una ejecución rápida, se la doy.

Miro el paraíso postholocaústico de mi habitación, me gusta, pero no puedo quedarme. Sangro, voy al baño, limpio y curo las medallas con las que el mundo me obsequia hoy, será un día más duro, tengo la espalda y la mano derecha perdiendo vitalidad a cada segundo, las vendas y el alcohol ayudan. Me visto, poniéndome por último el sombrero que corona mi disfraz, la máscara viajará en un bolsillo, esperando su momento de enfrentarse a la cruda realidad una vez más.

Bajo al bar:

-Chill, ¿qué te ha pasado?

-El odio de la sociedad embriagada por su felicidad.

-Siempre se me olvida que es mejor no preguntarte.

Deposita el café enfrente de mí, podría decir que es el único amigo que tengo, pero no quiero pensar. Enciendo un cigarro más y me pierdo en los remolinos que la cucharilla crea en ese negro acuario. No puedo evitar pensar. Ningún sitio ha sido seguro para mí nunca, hace un rato han mancillado mi último refugio. El café resulta adverso a su propósito, me duerme, me desvanezco, descanso...

3 comentarios:

Anónimo dijo...

sabes que me gustan las cosas mas alegres, pero mola!!! sigue escribiendo cosas!!! besitoos! SathieM

aNiTa dijo...

Me ha encantado como todos los relatos que escribes...espero que sigas escribiendolos artista, asi disfrutare de ellos!!jeje un besito enorme ^^!!

Miner dijo...

tu escribes, anita pinta :P
este tercer relato sigue teniendo la forma de relatar rapida y el vocabulario que tanto me molan, pero me parece la historia mas flojilla de las 3, sin embargo, es una forma sublime y profunda de describir... una pelea.
necesito un cafe...