domingo, 5 de octubre de 2008

PÓKER

"Estimado Sr. Jackman:

Me complace invitarle a la reunión de carácter festivo-social que tendrá lugar en la residencia veraniega del Sr. Worthington a las 20:00 horas de hoy. Le rogamos puntualidad y un atuendo adecuado a la altura del evento.

Le esperamos, gracias."

Una sensación extraña me invade cuando mis pupilas mandan el mensaje escrito en la pequeña tarjeta a mi cerebro, no se describirla. Evidentemente se quién es el "señor" Worthington, lo que me produce cierto desasosiego es que él sabe quién soy yo y donde me escondo. Mierda, uno ya no puede estar tranquilo en ningún sitio. Bueno, me quedan dos horas para prepararme. Enciendo un cigarro, su niebla me enturbiará ayudándome a sumergirme en mi enrevesada mente. No tengo un atuendo adecuado a la "altura" del evento, así que cojo mi mejor escopeta, una con cañones recortados, semiautomática y con adornos dorados. Comienzo a ponerme mi disfraz que me viste de bestia aislando muchos sentimientos humanos y potenciando nuestros instintos más animales. Por último la máscara, esa máscara maldita que me atrapa y me domina, que dicta sus órdenes directas a mi cráneo y de la no puedo escapar, mi simbiosis, mi alter ego.

Salgo por la puerta de atrás, comienzo a caminar por las calles oscuras, escondiéndome de la gente. Levanto la máscara lo justo para dejar mi boca al descubierto, como esperando un beso furtivo que llega en forma de boquilla, es un beso apasionado, pues el humo se introduce en mi boca y mi lengua juguetea con la suya. Es amargo el humo, lo escupo. Ya vislumbro a pocos metros la mansión de Worthington, hay cinco gorilones vestidos de pingüino apostados en la verja principal, comprobando la lista de invitados y asegurándose de que nadie incumple ninguna de las condiciones de la "fiesta". Yo tomaré una entrada más discreta. Rodeo la verja hasta la parte trasera de la mansión, hay otro portero esperando con un rifle. Una par de piedras me bastan para abrirle la cabeza y noquearle. Ahora tendré un autendo adecuado a la "altura" de la reunión. Me cambio y escondo mi traje de faena, luego vendré a por él. La máscara aguarda en mi bolsillo. Salto la verja y busco una ventana abierta por la que entrar, la encuentro, da a la cocina, afortunadamente puedo salir de allí sin que los cocineros me vean. Entro al salón, un salón enorme y versallesco, sobrecargado, las paredes están llenas de cuadros y espejos y del techo penden varias lámparas enormes que tienden sus adornos como arañas, quizás esperando apresar las miradas de la gente, con bastante éxito. Los espejos me devuelven el gesto de asombro, quizás asombrándose de verme allí.

Una bandeja aguanta temblorosa gran cantidad de copas llenas de cava, aligero su peso, el camarero lo agradece, mi garganta reseca también. Observo a los animales sociales que me rodean, aristocratas con más títulos que escrúpulos, intercambio miradas de falsa cortesía, saludos con gente a la que no conozco. Llego a mi destino, una mesa de póker en la que están aposentados los peces gordos de verdad, entre los que se encuentra, evidente y eminentemente, Worthington. Cojo asiento, en el póker sobran las presentaciones. Sólo Worthington se presenta, haciendo gala de su opulencia y de la gran mole de carne que representa. Comienza la partida, los naipes se agitan graciosos en las manos del crupier, luego vuelan hacia los jugadores, se arquean doloridos ante la mirada impasible de los ávidos tahúres que comprueban la calidad de su juego. Las apuestas se acumulan formando auténticas torres de babel construidas con fichas de colores. Mi juego es pésimo, pero Worthington ha hecho trampas y no soy el único en darse cuenta, comienza el espectáculo. Varios invitados sacan sus armas y todas apuntan a Worthington, todas se descargan sobre él, hijos de puta, me han quitado la satisfacción de matarle yo. Mi máscara dicta ahora sobre mi consciencia aniquilando cualquier sentimiento de culpa de la misma manera en que mi furia cabalga hasta los cañones ribeteados y recortados de la escopeta que empuño tiñiendo la estancia de un rojo rubí. Ahora me preocupan los guardaespaldas que sin duda estarán apuntándome, de hecho hay uno con el rifle en posición, pero una bala atraviesa el ventanal a mi espalda y luego su cabeza. Se desploma inerte. Con un ritmo pausado y constante mi ayudante misterioso sigue cubriéndome las espaldas mientras yo acabo con todas esas urracas repletas de oro. Acabada la matanza busco a mi guardaespaldas anónimo, pero todo lo que encuentro son zarpazos guiados por un ojo que me observa con una mira telescópica intentando matarme. Huyo...

2 comentarios:

Miner dijo...

me gusta...

Cuco dijo...

Me gusta que te haya dado la vena compositiva ahora. Está muy bien el relatillo este. Que te surgan más ideas. saludos