martes, 24 de noviembre de 2009

LO DE SIEMPRE

- Mira, no sé qué decirte.

- Da igual, mejor no digas nada.

Fue justo en ese momento cuando el mejor dentista que conozco actuó, mi escopeta. El disparo destrozó su mandíbula, esparciendo dientes, trozos de encía y sobre todo sangre por todo el suelo y parte de las paredes, un auténtico disparo a bocajarro. Realmente no tenía motivos para matar a ese tipo, pero creo que la máscara me está matando a mí y esa es su forma de enfrentarse a mí. Es más, podría decir que el tipo sobre cuyo cadáver cae ahora la ceniza de mi cigarro era la única persona de la que me fiaba.

Me quedo pensando... Miento, sólo finjo que pienso. Pero sí que observo y veo una lluvia de nieve sobre lo que era mi amigo, sí, mi amigo. Los copos helados caen lentamente desde la punta de mi cálido cigarrillo, como pavesas de la gran hoguera que va quemando mi interior. Hace frío, puedo ver mi vaho como si fuera el alma que se me quisiera salir por la boca. Quiero quitarme la máscara pero no me veo con fuerzas, no hoy, no después de la anestesia. Dos lágrimas calientes salen de mis ojos cubiertos y van derrapando entre los pelos de mi mal afeitada barba, para cuando llegan a la parte que ahora tengo descubierta, ya he terminado mi ovación y estoy saltando a través de una ventana.

Me he sacudido los cristales de encima, pero todo se me clava entre los huesos. Tuerzo por la misma esquina de siempre, machaco la misma acera de siempre, veo los mismos escaparates de siempre, dejo la escopeta en la misma fisura de siempre, abro la misma puerta de siempre, suena la misma campanilla de siempre y veo al mismo tío de siempre.

- ¿Qué pasa, Chill?

-Poca cosa. Un poco de lo de siempre.

- Joder, ¿ya la has vuelto a liar?

- ...

- Joder, Chill. Qué coño eres, ¿un matarife o un vengador justiciero?

- Nada, Henry, no soy nada.

- Venga ya, no te creas que por mis rastas, mi ganja y mi vudú soy tonto, tío.

Acto seguido sobraban las palabras, el viejo Henry, con su piel negra y sus grises rastas colgando como ideas que se desparramaran de su cabeza, comenzaba a preparar su ritual, el mismo de siempre. Los espirituosos humores ya borboteaban en el caldero que humeaba creando mil formas familiares. El chamán recitaba sus salmos extraños y las figuras del humo comenzaban a cernirse sobre mí como buitres sobre la carroña. Caí.

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