lunes, 23 de agosto de 2010

Castigo Divino

Abrí la puerta de aquella pastelería y sin mediar palabra le reventé la cabeza al dueño. Los pocos clientes que había salieron corriendo. La cortina roja que había al fondo ahora se corría como se quita una postilla y por esa herida aparecía una rata de unos cuarenta años, gordo, calvo, con los pantalones a medio subir y las dos pistolas apuntándome.

- ¿Te alegras de verme?

No se qué pensaba responder a esa pregunta, pero seguro que ya no se alegra. Mientras se retuerce en el suelo aprovecho para quitarle el arma y rematarlo. ¿Dónde estará la hija del pastelero? Entro en la trastienda y premio, una niña de unos seis años me mira aterrorizada desde las cuerdas que la inmovilizan en la posición que tiene un caballito de madera. Por las cosas que hay en esa trastienda, creo haberme equivocado de lugar y haber entrado en un museo de la inquisición. Desato a la niña, le doy quinientos billetes, le digo que se compre una infancia y salgo de ese horror.

Avanzo unos metros, me quito la máscara, enciendo una barra de incienso en ofrenda a la dama Nicotina, Londres invade mi boca, mi garganta y mis pulmones. Mis pasos se hacen cada vez más pesados, vuelvo a ponerme la máscara y corro. Llego a un callejón, me impulso con un contenedor y salto el muro, al otro lado, desde mi tejado de violinista, tengo la ciudad a mis pies.

Salto al suelo avivando en el vuelo las brasas que penden de mis labios. Tiro el cigarro, me bajo la máscara del todo, cargo la escopeta, entro al bar de enfrente. Toda esa mierda me mira, el camarero no hace preguntas y pone directamente un pequeño vaso de bourbon, su delicioso contenido vibra como el aire mecido por el murmullo de tantas bocas sin dientes. Un codo se acerca a mí:

- Tío, ¿qué haces con esa careta de tolai?

- ¿Y tú con esos trozos de cristal por la cara?

- ¿Qué?

Antes de que hubiera partido el vaso, el camarero ya había ido a por la fregona para la sangre.

- Me refería a esos trozos de cristal.

El antro comenzaba a vaciarse por mi presencia, aquello no me importaba, el camarero es un tipo con una charla agradable, lo que sí me jodía era que aquel pedazo de mierda tratara de escaparse. Fue mi escopeta la que le dijo "Tú no" y sus piernas la obedecieron una vez hechas astillas.

- Hasta luego, Hank.
- Hasta la próxima, Chill.

Me fue muy fácil reunir a aquellos mendigos en la vieja pista de baloncesto, les prometí un trago a cambio de un favor. Ojo por ojo le dije al pedazo de mierda y comenzó a llorar mientras lo desnudaba y lo arrojaba entre aquellos mendigos. Encendí un cigarro a modo de fuegos artificiales y según fueron acabando les fui entregando su néctar de recompensa.

- Ahora tienes el culo como te gusta dejarlo, ¿eh? Espero que tu castigo de Dios sirva de ejemplo para el resto de sotanas. Evitad que los niños se acerquen a vosotros...

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