jueves, 19 de mayo de 2016

Sex on TV

Dos caricias en el lomo y un beso en la nuca, a sangre fría. Sólo uno, porque el resto no serían ya a sangre precisamente fría ni respetarían la frontera. Sin atenuantes, únicamente con brutal alevosía. Cambiando el lenguaje de las miradas sucias, que atraviesan la piara de zombis que nos separa, por el de los hierros al rojo con párrafos de carmín. Utilizando del sistema métrico sólo la parte que abarca la distancia entre la ropa y la piel. Midiendo la temperatura en grados de sábado noche sin más refresco que el del frío de los portales. Sujetarte el pelo sin que exista el riesgo de manchar las zapatillas y que la constricción sea el antídoto ante el miedo de dejarse perder en el vacío. Que se nos olvide la música pero sigamos bailando y que muchos vayan al baño a suicidarse por la envidia del cruce de piernas de este tango. Echarte una carrera desde el principio de tus medias hasta el punto donde tu meridiano de Greenwich se cruza con tu ecuador y manipular las coordenadas hasta que se nos olviden las horas. Bajarnos de las nubes el sudor y regar con él el surco hasta tu ombligo. Poner a prueba los muebles del Ikea y terminar haciéndonos tatuajes de felpa, con mucho cuidado de que los vecinos no vean lo que están oyendo. Dejar los churros con chocolate para otros y llevarnos el desayuno a la cama. Prolongar la guerra aposta, para seguir justificando las trincheras que tus uñas cavan en mi espalda, para seguir entendiendo el por qué de los gritos en la oreja, para seguir mereciendo las medallas que mañana nos salen en el cuello, para poder explicar el manto de casquillos por el suelo, para no dejar de provocar pequeñas muertes, para seguir asesinándonos.

Dormir sin conocernos y despertarse a mediodía con la sed de la resaca, para buscar el agua en la fuente de la vida. Que en duermevela te sonrías y vuelvan a estorbar las sábanas mientras el sol prende las persianas. Que me digas "ven p'acá que te voy a abrir los chakras" y que vistos desde arriba seamos un yin-yang inexplicable. Quedarnos con hambre y elegir los tres platos del menú, el postre nos lo llevamos puesto. Aprenderme las notas del somier mientras diriges la orquesta y afinar en todas las escalas, repasando las octavas, inventando nuevas claves. Apurar hasta la hora del café, meterme mil rayas de tus hombros en lo que la leche se calienta y aguantar hasta que hierva. Recuperar la dignidad con el pelo pegado a la frente, viendo en las nubes de humo que se agolpan en el techo los recuerdos de las noches que no tuvimos y de repente sentir la necesidad de arrojarse por la ventana, antes de que las ausencias llamen a la puerta con los golpes furiosos de una orden de alejamiento que en las manos les quema. Correr con el cinturón a medio abrochar, temiendo que un último vistazo nos haga echarnos de menos, deseando que sea imposible tener que saludarnos si volvemos a encontrarnos. Acortar la huida aposta, para seguir justificando el olor que se niega a despegarse de mi cuerpo, para seguir entendiendo el por qué de las pajas en la ducha, para seguir mereciendo el boquete que me llevo en la cartera, para poder explicar el por qué de este dolor de cabecera, para no dejar de provocar terremotos de conciencia, para seguir excusándonos.

Al final tenía que joderlo todo con una gracia inoportuna, como siempre.

2 comentarios:

'P. Lavilha dijo...

Se me ha puesto un poco dura.

Miguel Guardiola Martínez dijo...

Es que eres facilón, amigo Lavilha.jaja