sábado, 20 de mayo de 2017

¿Qué fue?

El caso es que me sonaba de algo y sentía de qué, pero no caía. Aquel tintineo ladino hizo que me vibrase el móvil. El acre olor de los encurtidos se escapaba desde los alvéolos hacia el intimidante añil circular y me caí en el pozo. Ese fino telón níveo que parece sin rasgar, lo hace crepitar una puñalada aleve involuntariamente incandescente, volviéndolo bermellón al final de la función. Añoré las constelaciones inventadas, el traslado de mi propia capilla a un santuario más benévolo, que me ungieran con la sangre de esos cismas. Repetir los rituales de rutinas extintas. Veinte azotes de las sogas y sentir que me columpio. ¡Aplíquese justicia! El morbo de la herejía.

Me quedaba solo en casa, no sólo. Perdido en mitad de unas notas entre tú y yo que quise hacer que cantaran otros. La densa humareda mercurial de la quema de rastrojos que se me caía flotando desde el paladar. El vaso de zumo derramado infértil, inane, herrumbroso. El hondo quejido erudito de los afiches gravosos. Los dolosos entresijos maleables que aletean por uso normativo. La excrecencia que bombea de abajo a arriba, convencimiento fútil de deus ex machina transformado en vetusta reminiscencia. Derivar, disentería, cosas que empiezan por "d" acabadas en vocales con ínfulas de consonante. Me negué a seguir andando. ¡Levántese carajo! La cultura del lejía.

Tenía muchas ideas debajo del sombrero, pero no salían. Fue el acecho lo que hizo que la presa se escapara. Fue el tiro errado lo que hizo que no sucediera nada. Fue el arbusto semoviente lo que hizo que no variara la distancia. Fue el practicable fundido lo que hizo que no se usara. Fue el tácito tañido de tu ombligo lo que hizo que ensordeciera. Fue el ataráxico deseo lo que hizo que me perturbara. Fueron todos los lenguajes los que hicieron que no entendiera nada.

lunes, 24 de abril de 2017

El Rayo

A veces un súbito rayo de lucidez se lanza contra el muro de nubes que rodea mi córtex. Unas veces el resultado es Ayrton Senna, otras veces la chispa que prende la luz que arroja las sombras de la caverna, otras, como un peo, simplemente el anuncio de que se avecina tormenta. Envalentonado entono el mea culpa, como queriendo explicarle mis razones a la razón, como si se pudiera combatir la valentía armado con miedos. Me arrastra y me arrastra y me arrastra, como a lo que queda de un naufragio y me resisto. Clavo las uñas en mi sitio, porque prefiero dolor viejo antes que porcentajes que no controlo. Apostar sobre seguro y ponerme la mortaja, tengo sueño, en singular. Por más excusas que busco el rayo no me deja descansar, ni tres días, ni resucitar, ni nada. Lo innegable, el filo que corta de la navaja de Ockham, la certeza matemática, el trato de inversión cero y posibilidad de doble tajada.

El rayo y el pararrayos que se aman, el uno buscando al otro con la mirada puesta al cielo, el otro emborrachándose en medio de la borrasca antes de arrojarse en misión suicida contra el otro. A lo Buko. Y ya casi recorre la metálica espina dorsal con lascivia propia de un potro y ya casi se balancea en un escalofrío el mástil con vaivenes propios de una sinapsis. El fogonazo inevitable de quienes se encuentran, las chispas del olor a chamusquina, la irrefrenable necesidad de necesitarse, el querer querer, potencia, acto y al final hastío. Condenados a sucederse en un parpadeo eléctrico demasiado rápido para la consciencia, demasiado lento para el interior. Condenados a consumirse en el remolino de aire caliente como pavesas a punto de apagarse, subiendo como Ícaro, bajando como un denso escupitajo que se arroja desde un puente.

Todo el cuerpo lleno de cicatrices por dentro y por fuera, de arrastrarse entre zarzas, de tragarse los gatos panzarriba del orgullo. Apaleao como costo malo, como perro que no caza y embotado como falcata que ya no busca sangre. Que siempre es lo mismo le grito al rayo y me responde que lo mismo es siempre distinto. Le hablo del miedo a la muerte si quedan cosas por hacer, me habla del miedo a la fugacidad. Le hablo de la cobardía y mis escondites, me habla de cargar y abrir ventanas. Le hablo de razonamientos que atormentan, me habla de tormentas de razones. Se le acaba el tiempo y a mí me ha devuelto las ganas esta vez. Me advierte de lo fácil que es diluir las intenciones, antes de salir por la puerta entre las nubes. Y yo me quedo aquí, que ya se me olvidó lo que había venido a hacer.

miércoles, 25 de enero de 2017

Reset

He soñado tantas veces con destrozarnos en tu casa, en mi casa, en el cuarto del conserje, en un césped aleatorio, en la calle a la vuelta de una borrachera, en los baños del cine cuando aquella peli aburridísima, en mitad de un concierto en el WOMAD, en tus sueños, en el tanatorio despidiendo a un desconocido, en la trastienda de mi negocio, en los celos de tu ex que quiere volver, en medio de un tiroteo, en el suelo de agujas de los yonkis, en el cielo batiendo las alas, encima del botón rojo que destruye el mundo, en todos los rincones del castillo tras el que te parapetas, en el hueco de la trinchera en que te lucho, en el todo y en la nada, tantas veces he soñado que nos destrozábamos que ya ni te sueño.

No espero ya nada y parece que se me acaba el tiempo. Creo que se para el crono a mitad de cuenta atrás, creo o espero, no lo tengo claro. ¿Qué significan los "como siempre" si se alargan demasiado? ¿Y si no llegan como siempre? Pienso a menudo en la cordura como una suerte de embalse y todo se me descuadra cuando estando en la sequía estoy loco y cuando lo lleno enloquezco y veo en los otros lo mismo y lo contrario.

Antes era analítico, mentalmente ágil y con un discurso coherente. Ahora, aletargado de meterme caña para huir, me veo uno con la estupidez y sé que dejo pasar trenes, oportunidades y las pistas que antes no necesitaba que me dieran.

Que os jodan, a veces escribo sólo por no ir al váter a masturbarme.