lunes, 24 de abril de 2017

El Rayo

A veces un súbito rayo de lucidez se lanza contra el muro de nubes que rodea mi córtex. Unas veces el resultado es Ayrton Senna, otras veces la chispa que prende la luz que arroja las sombras de la caverna, otras, como un peo, simplemente el anuncio de que se avecina tormenta. Envalentonado entono el mea culpa, como queriendo explicarle mis razones a la razón, como si se pudiera combatir la valentía armado con miedos. Me arrastra y me arrastra y me arrastra, como a lo que queda de un naufragio y me resisto. Clavo las uñas en mi sitio, porque prefiero dolor viejo antes que porcentajes que no controlo. Apostar sobre seguro y ponerme la mortaja, tengo sueño, en singular. Por más excusas que busco el rayo no me deja descansar, ni tres días, ni resucitar, ni nada. Lo innegable, el filo que corta de la navaja de Ockham, la certeza matemática, el trato de inversión cero y posibilidad de doble tajada.

El rayo y el pararrayos que se aman, el uno buscando al otro con la mirada puesta al cielo, el otro emborrachándose en medio de la borrasca antes de arrojarse en misión suicida contra el otro. A lo Buko. Y ya casi recorre la metálica espina dorsal con lascivia propia de un potro y ya casi se balancea en un escalofrío el mástil con vaivenes propios de una sinapsis. El fogonazo inevitable de quienes se encuentran, las chispas del olor a chamusquina, la irrefrenable necesidad de necesitarse, el querer querer, potencia, acto y al final hastío. Condenados a sucederse en un parpadeo eléctrico demasiado rápido para la consciencia, demasiado lento para el interior. Condenados a consumirse en el remolino de aire caliente como pavesas a punto de apagarse, subiendo como Ícaro, bajando como un denso escupitajo que se arroja desde un puente.

Todo el cuerpo lleno de cicatrices por dentro y por fuera, de arrastrarse entre zarzas, de tragarse los gatos panzarriba del orgullo. Apaleao como costo malo, como perro que no caza y embotado como falcata que ya no busca sangre. Que siempre es lo mismo le grito al rayo y me responde que lo mismo es siempre distinto. Le hablo del miedo a la muerte si quedan cosas por hacer, me habla del miedo a la fugacidad. Le hablo de la cobardía y mis escondites, me habla de cargar y abrir ventanas. Le hablo de razonamientos que atormentan, me habla de tormentas de razones. Se le acaba el tiempo y a mí me ha devuelto las ganas esta vez. Me advierte de lo fácil que es diluir las intenciones, antes de salir por la puerta entre las nubes. Y yo me quedo aquí, que ya se me olvidó lo que había venido a hacer.

2 comentarios:

Jotabé dijo...

Habrá que echar las ganas en una olla cuando surjan fuertes. Y cocerlas y recocerlas hasta que quede un poso que pueda guardarse en un chivato de tabaco.

Miguel Guardiola Martínez dijo...

¿Y con eso? Hacer una bala y dispararse en el ano como si de opio se tratara.