viernes, 25 de septiembre de 2015

La Venganza Definitiva

Estaba desnudo en mi habitación, con el pene aun en la mano, ya flácido y morcillón tras la dura sesión de amor propio. La persiana bajada por aquello de que no me vieran los vecinos y la puerta cerrada para que no se escapara el sonido del porno. Agarré el calzoncillo que me había quitado y limpié lo que había que limpiar. Cogí el tabaco de la mesilla, me lié un cigarro y me dispuse a tumbarme en la cama. Se me había olvidado coger el cenicero, así que lo sustituí por la piel de plátano que había desechado antes y ya de paso encendí el cigarrillo con el mechero de la mesilla. Ahora sí estaba preparado para tirarme en la cama en pelotas y meditar durante un rato. Cerré los ojos y aspiré el humo intenso, lo único que podría mejorar ese momento sería la sensación de sus manos posándose en mi pecho. No, no debía pensar en ella, ya la había perdido. Abrí los ojos con la intención de borrarla de mi pensamiento y entonces lo vi. Me miraba desde el techo con aquellos enormes ojos brillantes de un tono amarillo-verdoso. Tenía un cuerpo muy pequeño, peludo y marrón, como si fuera algún tipo de lémur. El diminuto cráneo cubierto de una maraña de pelo canoso y deshilachado y las manos rematadas por unas garras larguísimas que se clavaban en la pared. Allí, desde una esquina del techo de mi habitación, me miraba con aquellos ojos sin párpado. No sabía qué era ni cuánto tiempo llevaba allí, ni qué intenciones tenía, ni nada.

De repente reaccioné y salté, bueno, me tiré, de la cama. En ningún momento pensé en nada que no fuera salir cagando hostias de allí. Me puse en pie y fui corriendo hacia la puerta, tropecé con la alfombra y me caí, golpeándome el mentón con la silla que, por fortuna, estaba llena de ropa. Aun así me dolió. Miré atrás antes de tocar el pomo de la puerta. El bicho no se había movido un milímetro excepto por su cabeza, que había girado de tal manera que seguía mirándome. Era fascinante y extraño, pero la alarma en mi cerebro se apresuraba a obligarme a dejar de mirarlo y continuar la huida. Giré por fin el pomo de la puerta y salí de la habitación, menos sobresaltado que antes, pero todavía con prisa. Mi cabeza seguía llenándose de adrenalina y miedo, aunque no dejaba de pensar en aquel extraño ser. Bajé las escaleras dispuesto a salir corriendo de esta casa maldita, pero la puerta de la calle abriéndose me detuvo, era mi hermano. Se partía de risa al verme desnudo, pero mi cara desencajada se la cortó como un vaso de leche fuera de la nevera en agosto. Le conté lo que había ocurrido tan rápido como pude y acto seguido me preguntó si había vuelto a tomar tripis. Le agarré de la mano y tiré de él hasta mi habitación para que contemplara al sobrenatural voyeur que me atormentaba. Como pasa en las películas, al llegar allí no había nada, ni siquiera las marcas que sus garras deberían haber dejado en la pared. La cara de mi hermano era indescriptible, obviamente no podía creerme. Me convenció de achacarlo a las drogas, a la depresión por la ruptura y al estrés de mi situación laboral, tan inexistente como el observador desaparecido. Por supuesto no le dijimos nada a nuestros padres.

Pasaron los meses y medio me olvidé de aquel suceso, digo medio porque mi hermano se encargaba de recordármelo con sorna, vamos, que no me olvidé en absoluto de aquel ser de ojos grandes como bolas de billar. Su latiguillo favorito era el clásico "No te hagas pajas que te vas a quedar ciego y casi que mejor sería, ¿verdad hermanito?". El caso es que, como es fácil imaginar, la relación con él se había deteriorado mucho. Llegó un punto en que le odiaba. Tanto me daba la brasa, que me decidí a gastarle una broma que pusiera fin a sus burlas de una vez por todas. Elegí una noche que mis padres se habían ido a una cena con unos amigos, volverían muy tarde y nos quedábamos solos, eso significaba dos cosas: que tenía tiempo de sobra para ejecutar mi plan y que indudablemente mi hermano se masturbaría entre partida y partida de sus juegos online. En cuanto se fueron, puse en marcha "La Venganza Definitiva" (en mi cabeza sonaba muy bien ese nombre). Subiéndome en una silla rescaté de encima del armario al Señor Bombi, un peluche de un oso marrón con el que jugábamos cuando yo era pequeño. Después cogí la máquina de afeitar de mi padre, un trozo de salchicha del frigorífico y engañé a Guybrush, nuestro border collie, para que se dejara cortar un poco de pelo. Entonces bajé al sótano y cogí cinta aislante de doble cara, pegamento, un par de bombillas pintadas de rojo que había en la caja de adornos navideños y sus correspondientes portalámparas, dos pilas de petaca, un poco de cable, aguja e hilo y unas tijeras bien fuertes. Ya casi lo tenía todo, sólo me faltaba pasar por la cocina para coger el largo salvamanteles de mimbre que mi madre tenía por allí. Regresé a mi habitación con todas las piezas y comencé a crear al actor principal de mi venganza. Monté el clásico circuito que te enseñan en clase de tecnología, el de la bombilla conectada a una pila y comprobé que ambas funcionaban. Continué arrancándole los ojos al Señor Bombi para después abrirlo en canal, colocar dentro toda la circuitería y, con maña, sacar los portalámparas por donde antes estaban sus ojos, de tal forma que al poner las bombillas estas se iluminaban. Luego cosí la incisión con más mimo que cualquier cirujano. Ahora tocaba sacar unas varas de mimbre del salvamanteles, afilarlas un poco para que parecieran garras y coserlas a las manos del pobre Señor Bombi. Por último, pegué el pelo de Guybrush, alborotándolo, alrededor de la parte trasera de la cabeza del peluche. Me alejé un poco para contemplar mi obra maestra, sin duda era muy parecido al bicho que me atormentó en su día. Mi hermano se iba a cagar encima.

Convencí a mi hermano de que pidiéramos una pizza o algo para cenar y hasta accedió a bajar él a atender al repartidor, ese momento fue el que aproveché para pegar con la cinta mi macabro muñeco en una esquina de su habitación, donde sabía que no lo vería hasta que no se tumbara en la cama con el portátil, dispuesto a jugar con su joystick favorito. Finalmente cenamos chino en vez de pizza, al terminar, mi hermano volvió a recordarme que tuviera cuidado con las pajas y mi vista y le mandé a la mierda. Nos fuimos cada uno a nuestra habitación. Yo me quedé pegado a la puerta, esperando con ansia el momento en que descubriera mi engendro, hasta que me paré a pensar en que aun podían pasar horas hasta que el subnormal de mi hermano dejara de viciarse a sus juegos de mierda y se pusiera a darle a la zambomba, así que me tiré en la cama y me puse a leer hasta que me quedé dormido. Desperté un par de horas más tarde y fui de puntillas hasta la habitación de mi hermano para pegar la oreja a la puerta, no se oía ruido de juegos, mi hermano debía estar en plena faena. Esperé un rato a ver si por fin se ejecutaba mi plan, pero pasó alrededor de una hora y, sinceramente, dudaba que mi hermano tuviera tanto aguante. Pensé que se habría quedado dormido otra vez en la silla del ordenador, así que, frustrado, me fui directo a la cama, pero, justo cuando entraba en mi habitación oí un grito desgarrador proveniente del cuarto donde "La Venganza Definitiva" se acababa de cumplir. Fui corriendo hasta allí, abrí la puerta, grité "¡A ver quién es el que tiene que tener cuidado con las pajas ahora para no quedarse ciego!" y empecé a reírme a carcajadas. Cuando pude parar y abrir los ojos, miré a mi hermano, extrañado porque no hubiera dicho nada aun ni me hubiera pegado. No podía creer lo que veía, el cuerpo de mi hermano yacía en la cama, desnudo sobre un charco de sangre enorme y las cuencas de sus ojos estaban vacías. Corrí hacia él con la intención de socorrerle pero entonces lo vi en una esquina como él me veía a mí, instintivamente miré hacia donde había colocado el peluche, que ya no estaba y al volver a girarme para ver al ser que me observaba, sólo pude ver cómo una garra de mimbre afiladísima entraba en mis ojos, dejándome ciego y causándome un dolor indescriptible. Caí al suelo aturdido, con un sólo pensamiento en la cabeza: ojalá papá y mamá no vengan con ganas de fiesta.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Disparo, duermo y sé

Vuelta a empezar y van cuatro. Se esfuman las ideas como pájaros asustados por una palmada escopetera. No sé si es un cerebro cansado, ira infundada, un calentón que no termina de enfriarse o un portazo mal dado. Muy por debajo del río me dijo el suicida que a veces pesa más el cuerpo que las cadenas. "Garrotazo y tentetieso" en la televisión y después echan Los Bingueros, quién pudiera jugarse el devenir del mundo a un farol de doses. Yo sólo disparo y disparo... y disparo. Perdigonazos que generan pérdidas en una auditoría tan falaz como castiza, es tan ancha Castilla como el hambre de los extremeños. Pateras y estrellas del pop haciendo nubes de polvo en el horizonte, todos esnifando la boina informativa de la capi que no deja ver el sol. Duermo, dormimos, dormíais, por sobre el cielo de los chemtrails, estirando las alas cansadas de Ícaros cualesquiera. Permitidme una licencia barata, que no me alcanzan los bolsillos el precio de soñar hoy día. Recreo el tintineo de dos hielos en copas de sudor mundano y contemplo las arrugas escaparse bailando entre mis dedos. Geometría y cómics en dientes amarillos por el sarro, bañeras llenas del barro de los sinsentidos de un noctámbulo. Conjuntos de palabras que se estrellan a diario en caras de gentes sin tiempo para escuchar a nadie. ¿Qué saben los labios del sabor de las cosas?

Hay quien acepta por compromiso subir a la montaña rusa de un desconocido, agitar un tubo sin falda al son de una meada más caliente. Broncas de platos rotos que terminan en un tiro de keta con fondo musical de Raphael. Surcos de pana que madrugan para ir a por churros y se toman la molestia de leer las noticias que los envuelven mientras el azúcar se cuela en su córnea aún dormida. Puede que no exista aquel que entienda, que sea mentira aquella luz que se apagaba. Yo sólo disparo y disparo... y disparo. Malabares que agasajan a un público imbécil, dictador de absolutismos mayoritarios, preguntando el por qué y el cómo, jamás el cálculo. Hay quien asegura que no come, pero todos expulsan excrecencias por su boca de ano y van por ahí con un trozo de papel a modo de rabo, colgando del culo. Duermo, dormimos, dormíais, colgados como musarañas de castillos en el aire, gota a gota haciendo charcos de sangre. Salpicaba la sartén gotas de aceite en braille, directas al mandil de los sintecho que se agolpan tras la barra americana. Las piernas de la stripper cabalgando aquel misil, la crisis nuclear de lo rural. No quiero saber nada y ya sé demasiado. Dan por culo al inocente innecesario, presidentes escuchando lo que habla tu neceser, hijos denostados con acritud antifúngica. ¿Qué saben los párpados del color de las cosas?

martes, 3 de febrero de 2015

Hiperhidrosis

Le vino bien que entrara aquel aire gélido por la ventana rota, a pesar de que, por algún motivo inexplicable, seguía sudando más que Striker en Aterriza Como Puedas. La verdad es que su sudor no era lo único difícil de explicar en aquella situación, de hecho, es posible que fuera consecuencia de la maldita salsa que tomó en el restaurante mejicano hace escasamente una hora y media, picaba tanto que bien podría haber sido el sudor de Satán. Sería pertinente también tener en cuenta que vive en un edificio con calefacción central, lo que normalmente es una ventaja en vez de un inconveniente, pero en este caso él es la única persona de menos de setenta y dos años en todo el bloque, y eso implica imaginarse a ancianos hasta arriba de sintrom frente a lo que quiera que sea que controla la temperatura de los radiadores, maldiciendo y golpeando el cacharro ese porque no sube de cincuenta grados. Otro factor importante es el hecho de que no se había quitado todas las prendas de abrigo que, cautamente, se puso antes de ir al restaurante. El caso es que hacía frío suficiente para llevar todas esas prendas, incluso las orejeras y el pasamontañas, y que, hasta ahora, no había pasado calor alguno y ni una sola gota de sudor se había asomado a su frente. ¿Por qué diantres sudaba tantísimo entonces?

Puede que en el trayecto del restaurante a su casa desarrollara algún tipo de enfermedad extraña y desconocida que provoca una sudoración extrema e inaudita en el enfermo, quizás incluso sea él el primer caso en el mundo. El principio de la navaja de Ockham nos lleva a descartar esta opción, pero ese mismo principio obliga a pensar que el propio Ockham nunca sudó de esta manera, ¿vamos a seguir entonces las ideas de un tipo que nunca ha estado en la piel de otro tipo que suda como ningún otro tipo sudó nunca en toda la creación? ¿Es que estamos locos o qué? Otra explicación plausible sería que en vez de ser sudor fuera simplemente agua y que este sudoroso individuo estuviera calado sin darse cuenta pero, con el frío que hace, es imposible que no se hubiera dado cuenta de que estaba calado, salvo que hubiera contraído, en el transcurso del restaurante a casa, una enfermedad nueva cuyo único síntoma consiste en que el enfermo no es consciente de que se moja cuando se moja, pero a mí eso me parecen muchas enfermedades desconocidas para una sola persona en tan poco lapso de tiempo. Supongo que Ockham pensaría lo mismo.

Dejando el asunto de las enfermedades aparte, seguía siendo inexplicable la sudoración de este tío. Sudaba tanto que Dios estaba desesperado buscando el número de Noé para encargarle un arca nueva. Sí, estoy afirmando que incluso Dios desconocía el motivo por el que este hombre sudaba de esa manera desproporcionada y cruel. Buscando el lado positivo a este extraño suceso, al menos no era una persona de esas que tienen un sudor muy fuerte, de hecho parecía no oler a nada, aunque tengo la ligera sospecha de que si esto se alargase terminaría apestando. Era como un sobaco en Almería en agosto, pero del tamaño de un hombre. Algo inaudito, pero que podría explicarse simplemente con un fenómeno orgánico que todos conocemos bien: la sudada de un domingo de resaca. El cuerpo expulsa toxinas y mierda en general que no ha sido capaz de eliminar mediante la orina, el vómito y las heces, generalmente diarreicas, que llevan produciéndose desde el momento en que el nivel de toxicidad del organismo es más alto de lo tolerable. Sin embargo, él no estaba de resaca, ni siquiera había bebido alcohol o se había drogado en los últimos dos meses.

¡Ya lo tengo! El tío está nerviosísimo por el motivo que sea, a lo mejor va a cometer un delito o a rodar su primera escena porno o acaba de encontrarse a Inda y Marhuenda desnudos dentro de su cama o no termina de creerse que los billetes nuevos de diez y cinco euros son de curso legal. Pero no, el tío está tremendamente tranquilo salvo por la cantidad de líquido que está perdiendo por cada uno de los poros de su piel. En realidad lo único que le preocupa es algo de lo que nosotros nos hemos olvidado llegado este punto, ¿cómo se ha roto la ventana?

martes, 22 de julio de 2014

Vamp

Sacado del mismo cuaderno que creía haber perdido.

Apunta: "Que se escapó de la cama un 4 de Abril. Todavía se bamboleaba el trozo colgante del papel higiénico que abrimos antes de empezar. No había cerrado aun la puerta y ya habían pasado años desde que se fue. Casi noventa a lo mejor o así, bueno, noventa no, pero setenta sí. Todavía me miraba su sombra desde el quicio de la puerta cuando ella se bajaba del taxi en una ciudad en blanco y negro. No llovía pero casi. Las luces de neón pasaban más deprisa que su recuerdo y la ley seca me hacía carraspear. El colchón no había vuelto a su forma original y ya la semana santa quedaba páginas atrás en el calendario. A veces dudo si no fue un mal viaje de Mayo. No me molestaré en describirla, todos la habéis tenido lo que tardasteis en apostatar y ya sabéis lo que ponía en su estampita. Cuando la conocí recogía donativos para una ONG sin ánimo de lucro, que recogía lo que sobraba de las vidas que ella iba reescribiendo. A mí me hizo volver a empezar, 12 volúmenes, 37'5% de alcohol y un nórdico que estorba. Punto y aparte.

No podía ni sudar, se lo llevó todo menos el puto papel higiénico. E hizo bien, porque me cago en sus muertos todavía hoy."

lunes, 30 de junio de 2014

Como un Fénix en la Ducha

Extraído de un cuaderno que creía haber perdido, de hace un año o así. Qué me gusta rescatar textos con sabor añejo.

Ni renace ni muere, como un fénix en la ducha, por supuesto de agua fría, sino a ver quién le baja los calores de ego subido. La humedad se pega a su cuerpo, bien pudiera ser el vaho de un dios escondido. En la jungla hace frío y el desierto pide un minuto de silencio, que se le ha muerto el pecho en un monzón imaginario, en una polinización accidental nacida de un mal sueño con la vecina del cuarto. Le gusta cada gesto de desprecio, cuando se recoge el pelo y se lo deja suelto, las miradas cómplices en el espejo del lavabo, lavándose los dientes que nunca saben a cepillo usado. No le dice "te quiero", le llora un "te amo" que suena bastante ajado, vuelta la vista a los ojos de otros. Suena el timbre, no tiene un poco de sal, quiere endulzarle la vida con un cenicero lleno de pajaritas mal dobladas, aún a medio quemar, como todas las cosas.

De aquel humo estos fuegos. A la mierda. Le sabe la sangre a plomo y el esternón a plastidecor. Ningún otro tiene tantos colores como sus calzoncillos, hartos de remendarse en polvos de cuatro euros. La cerveza del chino, el costo pakistaní, el cuaderno con la DO de sus cojones y el boli no existe, son sólo sus labios. Dos letras de forja, el otro tercio de conglomerado y lo que queda qué importa. A fin de cuentas él no es más que las cenizas de un incendio congelado. Cuando era bien pequeño le cortaron el cable rojo, que era el de estallar, y no estalló. O está desactivado por el paso de los daños o se le olvidó funcionar como lo recordaba antes del ocaso. Quiere que no le hagan ni puto caso pero no sabe quitarse de encima cada sueño raro, cada despertar aislado, allí entre sus brazos, donde nadie mira cómo se hace pedazos y rebusca en los cajones de la ropa que le han dicho que no abra.

Es un fan de lo prohibido, un gigoló barato de pasiones sin dueño, con voz y voto de tejado roto. Que le jodan, yo a este tío lo mato.

lunes, 19 de mayo de 2014

Ser Poeta

Se me cae la poesía de las manos, se desliza entre mis dedos huyendo de quien sabe bien que no es poeta, como agua cristalina que se enturbia al recogerla, como tripas de reloj de arena suicidado en un instante. Se nubla el bolígrafo al escribir bellas palabras, se atora como un niñato ante una joven núbil, como una barcaza en un manglar, como si supiera que estas manos no lo saben manejar. Prefiere el papel rasgarse que ser escrito y se me rasga, como cuerpos de los pobres obligados por los poderosos, como las vestiduras de quien prometió verdades, como lo que quise escribir y no recuerdo.

Quisiera tener versos y deleitaros como me deleito paseando, pensando. Llenando los silencios de mi mente con galimatías de ritmo y formas que cuando se dicen a viva voz se tornan en cuervos execrables que marchitan tan sólo de oírlos. Quisiera ser un erudito en el campo, un extraño agradable que descansa en vuestra mesita de noche, más olvidado que querido, pero presente. Quisiera coger polvo y haceros estornudar, ser capaz de guardar el silencio de las paredes y permanecer impávido ante los acontecimientos más mundanos. Quisiera poseerlo todo y regalarlo, ser el cielo de la boca en que se agolpan las obleas, el saco que descansa en la trinchera. Quisiera mandar afuera a todo el que está en casa, repoblar la historia desertificada con indígenas urbanos, malcriar a trogloditas con estudios y luego degollarlos. Quisiera imitar al ruiseñor que es portada de carpetas infantiles, acuñar la frase que tatúas en tu córtex, hacer tañer el piercing que se descuelga por tu ombligo. Quisiera ser capaz de ser poeta, como decía en un principio, quisiera entender por qué se inmolan los cometas, quisiera saber contar lo que me dicen las curvas de tu cuerpo, quisiera leeros el futuro en los posos del pienso de vuestros perros, quisiera haceros aprender cómo se erosiona el tiempo. Quisiera no querer y quiero.

Odiaría verme otro en el espejo, saberme vestido de desnudez y sin recambios. Odiaría que se encerrasen iglesias en vuestros labios, que custodiarais viejos ejemplos agrietados sin preguntaros el cómo, volar a paraísos bajos. Odiaría ser quien soy sin ser poeta, ser la bala aún desconocida en la cuneta, el verduguillo romo que no afeita, la falange del yugo y las flechas. Odiaría la madre que se parte siendo patria, el casco del vikingo inescrutable, las horas perdidas en soñarte. Odiaría que quisiera tener versos, ser la llama de una zarza inagotable, el asa ignífuga de un blog sin corriente eléctrica, enseñar a Drácula un atardecer culpable. Odiaría el melocotonero que se abriga, lo que levanta aquel que ya se fue, deslizar panfletos en una abertura amiga, conseguir la magia y bebérmela con vodka. Odiaría que supierais que me he muerto, que creáis que creo en vivo, dar importancia al desconchón de la pintura de los parques, un pespunte en una corona de neopreno. Odiaría el sálvese quien pueda de quien pudo salvarse, el claxon que nos mira con recelo, los tickets que anuncian lo que a nadie importa, la espalda de ave que no puede mojarse. Odiaría odiar y odio.

Sé que os debo una poesía pero sé que no soy poeta.

lunes, 5 de mayo de 2014

Toc-Toc

Un "toc-toc" en la ventana me sacó del cuaderno. No pensaba abrir la puerta, me la sudaba quién fuera, pero ya estaba distraído. Esperé tranquilamente a que volviera a sonar la ventana o se decidieran a tocar el timbre. Dejé pasar un rato, que probablemente serían tres minutos o así pero que a mi me parecieron quince, y nadie llamó. Me cagué en Dios y en su puta madre. ¿Por qué coño alguien da dos golpes en la ventana y luego no insiste? Hay que joderse, estaba en lo mejor de la novela. Ahora tenía que releer las últimas cuatro páginas, que escribí del tirón, y volver a concentrarme, que no me cuesta precisamente poco.

Qué mierda, ya no me gustaba lo que tenía escrito. Volver a empezar... otra vez. Como sonase ese "toc-toc" ahora, iba a matar a alguien. Nada, incapaz de concentrarme, se me había apagado la bombilla. Veinte minutos estancado, mirando la pintura de la pared desconcharse. Probé poniendo música, ningún disco me inspiraba. Tenía el puto "toc-toc" clavado en algún rincón del cerebro, chocando contra las paredes de mi cráneo como un moscardón que no encuentra la rendija abierta por la que entró. Me encantaría ir a quemarle el timbre al cabrón que tocó en mi ventana, qué hijo de puta. ¿Qué estará haciendo ahora, tocarle los huevos a otra persona en algún lugar de la ciudad? En serio, qué mala hostia, me jodió el día. Se me empezaba a ir la olla, no sabía ya qué hacer para volver a entrar en el cuaderno.

Una ducha, eso tenía que funcionar. Primero intenté cagar, pero ni siquiera así me olvidaba del incidente de esta tarde. El agua tibia resbalaba por mi nuca como por la espalda de un pato. Pasaba rápido, sin detenerse en los meandros de mi huesuda anatomía, casi flotando. Estaba logrando olvidarme del "toc-toc", hasta que pensé en que estaba logrando olvidarme del "toc-toc". ¡Mierda! La pescadilla que se muerde la cola aquí, en mi ducha, manda huevos. Me sequé con la toalla imaginando lo que iba a cenar luego. ¿Con qué me sorprendería a mi mismo hoy? ¿Unos san jacobos ultracongelados mal fritos? ¿Unos fideos rápidos chinos? Quizá mejor algo más elaborado, un sándwich de esos con un huevo frito y tapadera o una ensalada. ¡No, un picoteo! Tenía fuet y queso en la despensa, perfecto. ¡Oh, y cortar un tomatito en gajos con aceite y orégano! Un poco de mozzarella para acompañar y listo. Colgué la toalla y me fui en pelotas hasta la cocina. Estaba hambriento. Me abalancé sobre la despensa, saqueé la nevera, escogí el mejor de mis cuchillos y empecé a trocear el tomate rítmicamente: "toc-toc, toc-toc." ¡Joooooodeeeeer!

Ni siquiera terminé de preparar la cena. Se me quitó el hambre con el cabreo. Me volví hacia el cuaderno y lo tiré por el balcón, a tomar por culo, estaba harto. Hacía lo menos tres años que no bebía, pero hoy me iba a tomar un cubata. ¡Coño, si sigo desnudo! Bueno, estaba en mi casa así que me dio igual. Me desparramé en el sofá y me levanté como un resorte, no había cogido ni vaso, ni hielo, ni whisky, ni nada. ¿Por qué tenía alcohol en casa si ya no bebía? Me lo tomé con calma. Disfruté preparando el trago. Se me llenó la boca con el sabor amargo antes de probarlo. No sé por qué demonios lo hice, pero abrí la puerta del estante en que guardaba los frutos secos, estaban viejas las bisagras y se atrancaba al cerrarla. Tuve que insistir mucho, rebotaba al empujarla y, con el mismo impulso, volvía a tratar de encajarla en su sitio. Estuve así unos minutos, hasta que me di cuenta de que sonaba "toc-toc". Enloquecí.

* Obra póstuma de Israel Nazario, hallada en su apartamento justo el día que se suicidó, 7-Agosto-1989. Del cuaderno que menciona no se sabe nada, algunos estudiosos especulan con que podría contener una novela inédita de título dudoso.