Me he encontrado hoy un cuaderno de cuando tenía doce o trece años y jugaba a ser poeta. Con la morriña me he decidido a publicar aquí uno de los poemas de aquel entonces tal cual aparece en el cuaderno.
El tiempo no pasa,
resbala por las calles,
aullando a luna de brasa,
carcomiendo sus pañales.
Mis huesos podridos
comenzaron a fallar
al morir aquel niño
ahogado en su callar.
Quiero y no puedo
volver del olvido,
soy trovador cuerdo,
soñador de sueño herido.
Si no hay consuelo,
no hay daño.
Si no quedan duelos
no hay muerte este año.
Te odio,
reloj,
mides mi destino,
muerto estarías mejor.
Quemar este cuaderno,
que no callarán campanadas,
no es posible con fuego
ni con bocas calladas,
que es el cuerno
que tocan las palabras.
Ellos sesgan el cuello
de quien ama salvarlas.
Minutos en vuelo
borran hojas aladas,
quietas en el suelo.
Segundos son balas,
las voces el pueblo,
décimas metralla.
¿Quién muere? preguntas,
ojalá ese sicario,
con todas sus culpas,
cace al calendario.
Ya somos arena
movida por el viento,
no ha sido pena,
ha sido el tiempo.
viernes, 2 de agosto de 2013
viernes, 26 de julio de 2013
Humano
Ya ha despertado y no me queda ningún sedante. Las cuerdas de la cama van a romperse, si es que no estaban rotas ya. Cuando sea capaz de mover sus adormecidos miembros, probablemente se quite las cuerdas de encima y luego se arranque todos los cables que monitorizan su actividad. En mitad del desconcierto, aturdido y todavía drogado, volcará la cama con furia, como quien derroca a un opresor por la fuerza inútil de las armas y sólo podré rezar porque en ese momento no recuerde nada aún. Luego se acercará a la ventana, como queriendo saber qué hora es, como si eso tuviera alguna importancia, y la luz le hará mucho daño en sus ojos casi ciegos por la pereza, es probable que entonces decida lanzar una silla vieja por la ventana, en un intento animal de destruir aquello que le ciega, y que el ruido de los cristales de desconcierto le asuste y, si no se tira por la ventana, huirá a cobijarse junto a la cómoda, allí donde no llegue la luz. Pasados unos segundos reparará en la cortina y será su armadura, que tapará la luz y filtrará el aire enrarecido para unos pulmones alimentados de manera artificial durante tanto tiempo. Acto seguido, recuperada ya la calma en mitad de la tormenta que se le estará viniendo encima, intentará, sin saber cómo se hace, abrir la puerta que lo separa del pasillo. Cuando súbitamente recuerde que lo que hay que hacer es girar el pomo y tirar o empujar, le volverá la rabia a sangrar de las encías porque se dará cuenta de que hay tres cerrojos echados y cinco candados sin la llave puesta. Habrá empezado a recordar y buscará la manera lógica de atravesar la puerta, sin embargo será la desesperación su llave, que le llevará a volverse loco y animalizarse de nuevo, su fuerza hará trizas la puerta y todo lo que usaba para mantenerle encerrado allí. Ya en el pasillo no sabrá hacia qué dirección virar su timón. Ni siquiera sabe lo que está buscando pero lo busca, y encontrarlo es su única obsesión. Por azar, tomará el desvío de la derecha y se encontrará con el despacho, lleno de papeles que le son ajenos, de fotos de gente que no recuerda pero que estimulan algo dentro de él, de libros que no sabe ni quiere ahora leer, de retazos de su pasado que ya no son más suyos ni de nadie. Sigue recordando, vamos pequeño. Un cambio de rumbo le llevará a arrojarse por las escaleras, imbuido de un poder surgido de lo más hondo de su propia condición. Ya empieza a saber qué busca aunque no por qué. Pasados unos quince minutos más de inmediata posguerra por el resto de la casa, sin encontrar nada que merezca la pena, sin recordar nada nuevo, habiendo limpiado yo previamente la casa de todo su pasado, descubrirá la puerta que lleva al búnker y bajará las escaleras despacio, para que no sepamos que viene.
Y ahora que ya está aquí, va a matarme y después, hará todo lo posible por recordar por qué siente esa necesidad ineludible de encontrarte y destruirse para siempre contigo.
Y ahora que ya está aquí, va a matarme y después, hará todo lo posible por recordar por qué siente esa necesidad ineludible de encontrarte y destruirse para siempre contigo.
lunes, 22 de julio de 2013
Desde mi Atalaya
- Desde mi atalaya puedo ver el mundo.
- ¿Entero?
- Bueno, lo que queda de él.
- ¿Y qué es lo que ves?
- Te lo estoy diciendo, el mundo, entero o casi.
- Ya, pero yo quiero que me cuentes algo más concreto.
- ¿Como qué?
- Pues no sé, en plan: "Por las mañanas veo a Marichalar haciendo break frente al espantapájaros."
- Gilipollas.
- Venga, va, que sabes que es broma. Cuéntame lo que ves, porfa.
- Vaaaaaaale. Pues a ver... ¿Por dónde empiezo? Es que tampoco veo todos los días lo mismo, ¿sabes?
- Ya me imagino, pero bueno, tú cuéntame lo que ves, así en general.
- Pues antes de ver nada, justo antes de abrir los ojos, una hora antes del alba, lo primero que hago es masticar el aire que viene cargado de aromas de hierbabuena y fruta fresca y lo saboreo. Luego abro los ojos, me desperezo y dejo que las finas gotas de rocío, que casi huelen a limón, se desperecen también por mi cara, mis manos y mis pies descalzos. Hundo las manos en la tierra y dejo que las pequeñas raíces le den besos con lengua a las yemas de mis dedos. Me pongo en pie y saludo a la brisa aún nocturna, que casi llega tarde a casa con el sol persiguiéndola. Busco la luna, prácticamente escondida a mi espalda, y planeo con ella como gastarle bromas al sol cada mañana. Ahora ya comienzo mi búsqueda diaria, cojo los prismáticos y miro desde mi atalaya hacia el mundo. Unos padres se despiertan con el sollozo de su hijo mientras los hijos de otros, aún sin dormir, se afanan en explorar nuevos métodos de futura paternidad. Unos hijos pierden a sus padres por la heroína mientras la heroína pare nuevos hijos. Sale el sol, es inevitable. Aquella muchacha despierta madruga y sale sin camiseta a la terraza, sus ojos verdes, aún somnolientos, parecen derramarse sobre su blanco cuerpo cuajado de pequeños rubíes mientras sus flamígeros cabellos intentan llegar al suelo desde la tumbona, como lenguas de lava. A la vez, la dulce niña de carne color de cristo y ojos de ónix tallado llega a casa, harta de calle, tras un duro día de trabajo, tan duro como son todos sus días, y, sin limpiarse ni la sangre ni las lágrimas, se pone su ropa de niña y coge sus juguetes en un vano intento por recuperar la infancia que se empeñan en robarle. Después de esto vienen unas horas muy feas, por un lado gente con trajes ridículos y maletines, gafas de sol, ascensores, sonidos molestos, coches, ruido y por otro muchísima más gente mal vestida, casi desnuda a veces, con una especie de bolsas de tela o sin nada, entre ruidos más molestos, entre basura o hacinados en sitios horribles fabricando y consumiéndose en el proceso, todo aquello que los del primer lado consumen. En estas horas siempre hago un descanso, hay muy poco que ver y ese poco suele ser muy desagradable, así que saco mi pipa y la cargo bien, hasta arriba, que casi cueste que tire. Que me juzguen si quieren, pero sin mi nube de humo no podría soportar tanto como veo. A estas horas ya lo más típico es gente poniéndole los cuernos a otra gente, la otra parte de la pareja está en el baño del trabajo con el compañero que más se emborrachó en la fiesta de navidad de la empresa mientras su pareja se emborracha para seducir al que vino a arreglarle el baño de parte de la empresa del seguro o la doctora que examina al paciente mientras su marido espera impaciente que alguien vaya a revisar su examen, también he pillado al panadero con las manos en la masa mientras su mujer le mete mano al primer pan duro que pasa y hasta el hortelano se pasa de berenjena a fresca lechuga mientras su Hortensia hace un pisto con verduras de medio pueblo. Y con esto se nos ha ido media mañana, el sol está tan alto como todos los amantes y castiga las espaldas descubiertas y los culos al aire. Esas sonrisas de metacrilato fingido vuelven a sus casas, aquellos que las tienen, y los que no, siguen vagando por ahí, se van de putas, se meten un pico, rezan, se buscan la vida para mantener a los suyos, entierran a sus muertos o se comen su carne, pillan algo de comida basura o van al japonés de la esquina, esas cosas. Entonces llega la negra siesta con su quietud horizontal y, como por ritual obligado, los falsos amantes de vida legal hacen como que se aman o, al menos, duermen juntos, en un silencio roto por el zumbido de la tele o de algún insecto portador de enfermedades, como una desbrozadora gigante que viene a talar su casa, por ejemplo. Entonces alguno despierta y prepara café o le atizan para que siga recogiéndolo o no cobrará sus dos dólares de hoy. Algunos vuelven al trabajo y a otros el trabajo les vuelve la cara, la espalda, las tripas y el alma, hasta la vida a veces y a esos que preparan el café se la suda mientras no les falte el grano molido. A partir de este momento se repite más o menos lo que pasa antes de que la gente termine de ponerse los cuernos, pero sin cuernos, ahora los del primer lado se agobian porque tienen que acabar todo el trabajo que atrasaron por follar y los del otro lado intentan sobrevivir a otra jornada más sin que el agobio tenga sentido y la vida se los folle. Así que ahí aprovecho y como algo, algo ligero, no soy muy comilón y si me harto me entra el sueño y me pierdo algo de las últimas horas, que ya me pasó un par de veces y me da mucha rabia. Para cuando termino, la gente sale de sus trabajos mientras los del otro lado están ya tan sólo a unas horas de acabar su jornada. La hermosa muchacha de la cabeza en llamas se prepara para lucir la mayor cantidad posible de su incipiente moreno mientras la pobre hija de la carne de cristo se resiste a desnudarse ante quien podría ser su padre, cómo desearía que su piel pudiera confundirse con la nieve y perderse para siempre en las montañas y cómo anhela el color de los pies descalzos del pobre la primera, para ser la más parda de las gatas de esa noche. Y mientras todo un día pasa, el viejo del sombrero de pesca verde no se ha movido ya en tres meses del hoyo donde el gobierno echó los cadáveres de su familia y a la vez, parece que ha estado en mil sitios y otros gobiernos abren la tierra de otro sitio y sacan de allí los hijos muertos de ésta, que estorban a los hombres de negocios y los tiran debajo de otra alfombra que no esté en mitad del camino. El espantapájaros es el único que está ahí tranquilo, todos los demás tienen algo de qué preocuparse, pero él no, el sólo está ahí, quieto, como mi atalaya. Cuando siento demasiado peso, suficiente por hoy, me voy a dormir, lo que pasa por la noche se queda en la noche. Y eso es lo que veo desde mi atalaya. ¿Contento?
- Sí, sólo tengo una pega que ponerte, la atalaya no es tuya.
- ¿Entero?
- Bueno, lo que queda de él.
- ¿Y qué es lo que ves?
- Te lo estoy diciendo, el mundo, entero o casi.
- Ya, pero yo quiero que me cuentes algo más concreto.
- ¿Como qué?
- Pues no sé, en plan: "Por las mañanas veo a Marichalar haciendo break frente al espantapájaros."
- Gilipollas.
- Venga, va, que sabes que es broma. Cuéntame lo que ves, porfa.
- Vaaaaaaale. Pues a ver... ¿Por dónde empiezo? Es que tampoco veo todos los días lo mismo, ¿sabes?
- Ya me imagino, pero bueno, tú cuéntame lo que ves, así en general.
- Pues antes de ver nada, justo antes de abrir los ojos, una hora antes del alba, lo primero que hago es masticar el aire que viene cargado de aromas de hierbabuena y fruta fresca y lo saboreo. Luego abro los ojos, me desperezo y dejo que las finas gotas de rocío, que casi huelen a limón, se desperecen también por mi cara, mis manos y mis pies descalzos. Hundo las manos en la tierra y dejo que las pequeñas raíces le den besos con lengua a las yemas de mis dedos. Me pongo en pie y saludo a la brisa aún nocturna, que casi llega tarde a casa con el sol persiguiéndola. Busco la luna, prácticamente escondida a mi espalda, y planeo con ella como gastarle bromas al sol cada mañana. Ahora ya comienzo mi búsqueda diaria, cojo los prismáticos y miro desde mi atalaya hacia el mundo. Unos padres se despiertan con el sollozo de su hijo mientras los hijos de otros, aún sin dormir, se afanan en explorar nuevos métodos de futura paternidad. Unos hijos pierden a sus padres por la heroína mientras la heroína pare nuevos hijos. Sale el sol, es inevitable. Aquella muchacha despierta madruga y sale sin camiseta a la terraza, sus ojos verdes, aún somnolientos, parecen derramarse sobre su blanco cuerpo cuajado de pequeños rubíes mientras sus flamígeros cabellos intentan llegar al suelo desde la tumbona, como lenguas de lava. A la vez, la dulce niña de carne color de cristo y ojos de ónix tallado llega a casa, harta de calle, tras un duro día de trabajo, tan duro como son todos sus días, y, sin limpiarse ni la sangre ni las lágrimas, se pone su ropa de niña y coge sus juguetes en un vano intento por recuperar la infancia que se empeñan en robarle. Después de esto vienen unas horas muy feas, por un lado gente con trajes ridículos y maletines, gafas de sol, ascensores, sonidos molestos, coches, ruido y por otro muchísima más gente mal vestida, casi desnuda a veces, con una especie de bolsas de tela o sin nada, entre ruidos más molestos, entre basura o hacinados en sitios horribles fabricando y consumiéndose en el proceso, todo aquello que los del primer lado consumen. En estas horas siempre hago un descanso, hay muy poco que ver y ese poco suele ser muy desagradable, así que saco mi pipa y la cargo bien, hasta arriba, que casi cueste que tire. Que me juzguen si quieren, pero sin mi nube de humo no podría soportar tanto como veo. A estas horas ya lo más típico es gente poniéndole los cuernos a otra gente, la otra parte de la pareja está en el baño del trabajo con el compañero que más se emborrachó en la fiesta de navidad de la empresa mientras su pareja se emborracha para seducir al que vino a arreglarle el baño de parte de la empresa del seguro o la doctora que examina al paciente mientras su marido espera impaciente que alguien vaya a revisar su examen, también he pillado al panadero con las manos en la masa mientras su mujer le mete mano al primer pan duro que pasa y hasta el hortelano se pasa de berenjena a fresca lechuga mientras su Hortensia hace un pisto con verduras de medio pueblo. Y con esto se nos ha ido media mañana, el sol está tan alto como todos los amantes y castiga las espaldas descubiertas y los culos al aire. Esas sonrisas de metacrilato fingido vuelven a sus casas, aquellos que las tienen, y los que no, siguen vagando por ahí, se van de putas, se meten un pico, rezan, se buscan la vida para mantener a los suyos, entierran a sus muertos o se comen su carne, pillan algo de comida basura o van al japonés de la esquina, esas cosas. Entonces llega la negra siesta con su quietud horizontal y, como por ritual obligado, los falsos amantes de vida legal hacen como que se aman o, al menos, duermen juntos, en un silencio roto por el zumbido de la tele o de algún insecto portador de enfermedades, como una desbrozadora gigante que viene a talar su casa, por ejemplo. Entonces alguno despierta y prepara café o le atizan para que siga recogiéndolo o no cobrará sus dos dólares de hoy. Algunos vuelven al trabajo y a otros el trabajo les vuelve la cara, la espalda, las tripas y el alma, hasta la vida a veces y a esos que preparan el café se la suda mientras no les falte el grano molido. A partir de este momento se repite más o menos lo que pasa antes de que la gente termine de ponerse los cuernos, pero sin cuernos, ahora los del primer lado se agobian porque tienen que acabar todo el trabajo que atrasaron por follar y los del otro lado intentan sobrevivir a otra jornada más sin que el agobio tenga sentido y la vida se los folle. Así que ahí aprovecho y como algo, algo ligero, no soy muy comilón y si me harto me entra el sueño y me pierdo algo de las últimas horas, que ya me pasó un par de veces y me da mucha rabia. Para cuando termino, la gente sale de sus trabajos mientras los del otro lado están ya tan sólo a unas horas de acabar su jornada. La hermosa muchacha de la cabeza en llamas se prepara para lucir la mayor cantidad posible de su incipiente moreno mientras la pobre hija de la carne de cristo se resiste a desnudarse ante quien podría ser su padre, cómo desearía que su piel pudiera confundirse con la nieve y perderse para siempre en las montañas y cómo anhela el color de los pies descalzos del pobre la primera, para ser la más parda de las gatas de esa noche. Y mientras todo un día pasa, el viejo del sombrero de pesca verde no se ha movido ya en tres meses del hoyo donde el gobierno echó los cadáveres de su familia y a la vez, parece que ha estado en mil sitios y otros gobiernos abren la tierra de otro sitio y sacan de allí los hijos muertos de ésta, que estorban a los hombres de negocios y los tiran debajo de otra alfombra que no esté en mitad del camino. El espantapájaros es el único que está ahí tranquilo, todos los demás tienen algo de qué preocuparse, pero él no, el sólo está ahí, quieto, como mi atalaya. Cuando siento demasiado peso, suficiente por hoy, me voy a dormir, lo que pasa por la noche se queda en la noche. Y eso es lo que veo desde mi atalaya. ¿Contento?
- Sí, sólo tengo una pega que ponerte, la atalaya no es tuya.
jueves, 27 de junio de 2013
Ícaro estudia
Me desangro en varios word con sangría, preparándome para un segundo asalto en esta batalla de aulas donde se me exige demostrar que he adquirido unos conocimientos que no quiero adquirir y que olvidaré, en la mayor parte de los casos, tras un par de semanas. Considero los seis años que llevo de vida universitaria una pérdida de tiempo. Así, rotundamente. Bien es cierto que me llevo de ese círculo algunos eruditos del vivir, que saben a mucho, pero son pocos. Así mismo debo admitir que el escaso ambiente universitario de Cáceres me ha abierto algunas puertas, normalmente muy lejanas a mi carrera, cosa que me encanta y que algunas asignaturas, sobre todo de libre elección, y algunos cursos, han cambiado mi manera de ver la vida y me han proporcionado conocimientos que espero no olvidar nunca. Sin embargo no deja de pesarme el no haber hecho lo que quería y pienso que quizás se me vayan los años sin hacerlo.
En una reflexión más agónica y jodida, me he dado cuenta de que llevo veinte de veinticuatro años que voy a hacer escolarizado. Veinte años entrando y saliendo de aulas, ¿para qué? Ni siquiera gano al Trivial. Yendo aun más lejos, pienso que veinte años son, más o menos, entre el 25% y el 30% de lo que viviré. Me han robado la cuarta parte de mi vida unas personas con batas, jerséis con coderas y tizas, que en muchos casos me han dado una educación magnífica y me han enseñado cosas que considero vitales, ayudándome a convertirme en quién soy (si es que soy alguien o algo), pero que en los últimos años no han podido o no han sabido hacer su trabajo conmigo. Todos sabemos cómo está el patio de la educación de un tiempo a esta parte y muchos sabéis que aborrezco mi carrera, haciendo sumas el resultado es claro: odio el sistema universitario español.
Ya me echo en cara a mí mismo el hecho de no haberme plantado y negarme a hacer la carrera para hacer el módulo que yo quería, así que por eso no os preocupéis. La cuestión es que hacía esto por darle un gusto a toda la gente que me presiona para que sea alguien (independientemente de que yo quiera ser ese alguien) y porque sé lo importante que esto es para esa gente y bueno, porque a mucha de esa gente la quiero más que a mi propia vida, pero no estoy recibiendo nada a cambio o eso creo. Presiones, broncas, disgustos, consejos para tener una vida que no quiero tener, lo que tengo que hacer y lo que no tengo que hacer... Obtendré algún día un título que quedará perfecto en el fondo de un cajón, para acreditar que tengo un nivel de inglés y de literatura inglesa que no será real como no lo será el de la mayoría de mis compañeros hasta dentro de unos años. Cuando tenga ese título, se me darán miles de directrices y "órdenes" para que elija mi futuro de la manera adecuada, jamás de la manera que yo quiera, porque soy joven y no tengo ni puta idea de la vida, de cómo se mueve el mundo, del dinero que hay que ganar a costa incluso de la propia felicidad, porque el dinero no da la felicidad pero sin dinero no se puede ser feliz. Manda huevos.
Sí, estoy cabreado. Sin embargo esto no debe tomarse como un ataque si no como un desahogo, porque podéis creeros que siento que el tiempo se me va en estos años y que se me hace tarde para todo lo que tengo en el cuaderno de "asuntos pendientes", con la angustia vital que todo eso da. Yo también vivo y también se algo de cómo funciona el mundo y sobre todo, se cómo me gustaría que fuera mi futuro, mi vida, mi felicidad. Si me tengo que morir en una cuneta, desharrapado, maloliente, enfermo, hambriento, sin patria ninguna, por perseguir ese futuro que deseo, cuando vayáis a reconocer mi carne pútrida no perdáis detalle de la sonrisa que os brindo. Esa sonrisa de satisfacción, de cosas bien hechas, esa guinda del pastel, ese último gesto para que sepáis que a pesar de desobedeceros, alcancé la felicidad gracias a la vida que siempre quise y que esa felicidad empezó con vosotros, pero os empeñasteis en posponerla.
En una reflexión más agónica y jodida, me he dado cuenta de que llevo veinte de veinticuatro años que voy a hacer escolarizado. Veinte años entrando y saliendo de aulas, ¿para qué? Ni siquiera gano al Trivial. Yendo aun más lejos, pienso que veinte años son, más o menos, entre el 25% y el 30% de lo que viviré. Me han robado la cuarta parte de mi vida unas personas con batas, jerséis con coderas y tizas, que en muchos casos me han dado una educación magnífica y me han enseñado cosas que considero vitales, ayudándome a convertirme en quién soy (si es que soy alguien o algo), pero que en los últimos años no han podido o no han sabido hacer su trabajo conmigo. Todos sabemos cómo está el patio de la educación de un tiempo a esta parte y muchos sabéis que aborrezco mi carrera, haciendo sumas el resultado es claro: odio el sistema universitario español.
Ya me echo en cara a mí mismo el hecho de no haberme plantado y negarme a hacer la carrera para hacer el módulo que yo quería, así que por eso no os preocupéis. La cuestión es que hacía esto por darle un gusto a toda la gente que me presiona para que sea alguien (independientemente de que yo quiera ser ese alguien) y porque sé lo importante que esto es para esa gente y bueno, porque a mucha de esa gente la quiero más que a mi propia vida, pero no estoy recibiendo nada a cambio o eso creo. Presiones, broncas, disgustos, consejos para tener una vida que no quiero tener, lo que tengo que hacer y lo que no tengo que hacer... Obtendré algún día un título que quedará perfecto en el fondo de un cajón, para acreditar que tengo un nivel de inglés y de literatura inglesa que no será real como no lo será el de la mayoría de mis compañeros hasta dentro de unos años. Cuando tenga ese título, se me darán miles de directrices y "órdenes" para que elija mi futuro de la manera adecuada, jamás de la manera que yo quiera, porque soy joven y no tengo ni puta idea de la vida, de cómo se mueve el mundo, del dinero que hay que ganar a costa incluso de la propia felicidad, porque el dinero no da la felicidad pero sin dinero no se puede ser feliz. Manda huevos.
Sí, estoy cabreado. Sin embargo esto no debe tomarse como un ataque si no como un desahogo, porque podéis creeros que siento que el tiempo se me va en estos años y que se me hace tarde para todo lo que tengo en el cuaderno de "asuntos pendientes", con la angustia vital que todo eso da. Yo también vivo y también se algo de cómo funciona el mundo y sobre todo, se cómo me gustaría que fuera mi futuro, mi vida, mi felicidad. Si me tengo que morir en una cuneta, desharrapado, maloliente, enfermo, hambriento, sin patria ninguna, por perseguir ese futuro que deseo, cuando vayáis a reconocer mi carne pútrida no perdáis detalle de la sonrisa que os brindo. Esa sonrisa de satisfacción, de cosas bien hechas, esa guinda del pastel, ese último gesto para que sepáis que a pesar de desobedeceros, alcancé la felicidad gracias a la vida que siempre quise y que esa felicidad empezó con vosotros, pero os empeñasteis en posponerla.
lunes, 27 de agosto de 2012
Parque de los Chamizos
Me gusta sentarme tranquilo. Se oyen los coches pasar, a lo lejos a un burro rebuznar, se revuelven las campanas en su campanal, los pájaros pían y las aves con voz de Sabina graznan. Hoy sale tardía doña Teresa, que ni sé si es doña ni si es Teresa, y tras su vuelta matinal tira de una cuerda que agita unos botes y suenan, a los pájaros, como tiros de escopeta. Salen todos al galope, sobre el aire, graznando, piando y silbando un sálvese quien pueda.
Bajo este techo de chamizo el sol no se atreve a entrar. Se pueblan sus ramitas de trajes de seda mortal, ríen pizpiretas las moscas hasta que se quedan atrapadas, envueltas en esa seda como momias con sus mejores galas. Se abre el techo al cielo ayudado de los pájaros que, poco a poco, lo podan. Están casi todas sus ramitas en los nidos de todo Cáceres.
Se entrevé entre las hojas verdes la valla verde, el ventanal verde, la persiana verde, el poste verde, el macetero verde y una esperanza florecida que de fruto tras el verano.
La niña Teresa, que es ahora vieja y doña, ni se inmuta ante los gatos que su fiel y viejo Philip, el perro, espanta con su mayor esmero. Él es pequeño y guardián, de sus tierras su señor, y tiene en Teresa ama, madre y compañera y bien se yo que cariño y calor.
Este es un parque fantasma sin niños, ni fuente, ni nada. Mucho banco y mucha pintada, muchas miradas por las ventanas y dos ojos que se pierden entre letras y miradas. A veces viene un jardinero rudo, recio y silencioso al que llama por el móvil su mujer volviéndolo mimoso. Viene otras veces un operario, no se si del ayuntamiento o de la infancia, con sus cuarenta años bien entrados, y prueba como niño los columpios, el tobogán y la casita y me mira divertido y repara si se necesita.
Van las hormigas desfilando, con paso militar, como marchando, por el fino alambre y pasan sin miedo el túnel de cada agujerito en la baranda. ¿A dónde irán con tanta prisa? ¿Llegarán tarde a misa? La comida se les escapa de las patas cuando alguna inesperada cosa su camino bloquea. ¿De qué sirve entonces su hercúlea fuerza?
Han sembrado colillas, cristales, papeles y plástico, aún con tanta papelera sigue habiendo desgraciados. "Aquí no llega barrendero", eso lo piensa seguro Teresa cuando barre su reino entero. Philip va detrás altanero, no hay gato que no corra si él es la vaquilla en este encierro. Los vecinos miran desde el balcón con gestos de agobio ligero, más preocupados estarían si España pierde en el 0-0. A Teresa, a Philip y a mí la roja nos importa un bledo. Ella tiene el jardín por mundo entero, Philip siempre lleno el comedero y yo junto a mí a todos los que yo quiero.
Bajo este techo de chamizo el sol no se atreve a entrar. Se pueblan sus ramitas de trajes de seda mortal, ríen pizpiretas las moscas hasta que se quedan atrapadas, envueltas en esa seda como momias con sus mejores galas. Se abre el techo al cielo ayudado de los pájaros que, poco a poco, lo podan. Están casi todas sus ramitas en los nidos de todo Cáceres.
Se entrevé entre las hojas verdes la valla verde, el ventanal verde, la persiana verde, el poste verde, el macetero verde y una esperanza florecida que de fruto tras el verano.
La niña Teresa, que es ahora vieja y doña, ni se inmuta ante los gatos que su fiel y viejo Philip, el perro, espanta con su mayor esmero. Él es pequeño y guardián, de sus tierras su señor, y tiene en Teresa ama, madre y compañera y bien se yo que cariño y calor.
Este es un parque fantasma sin niños, ni fuente, ni nada. Mucho banco y mucha pintada, muchas miradas por las ventanas y dos ojos que se pierden entre letras y miradas. A veces viene un jardinero rudo, recio y silencioso al que llama por el móvil su mujer volviéndolo mimoso. Viene otras veces un operario, no se si del ayuntamiento o de la infancia, con sus cuarenta años bien entrados, y prueba como niño los columpios, el tobogán y la casita y me mira divertido y repara si se necesita.
Van las hormigas desfilando, con paso militar, como marchando, por el fino alambre y pasan sin miedo el túnel de cada agujerito en la baranda. ¿A dónde irán con tanta prisa? ¿Llegarán tarde a misa? La comida se les escapa de las patas cuando alguna inesperada cosa su camino bloquea. ¿De qué sirve entonces su hercúlea fuerza?
Han sembrado colillas, cristales, papeles y plástico, aún con tanta papelera sigue habiendo desgraciados. "Aquí no llega barrendero", eso lo piensa seguro Teresa cuando barre su reino entero. Philip va detrás altanero, no hay gato que no corra si él es la vaquilla en este encierro. Los vecinos miran desde el balcón con gestos de agobio ligero, más preocupados estarían si España pierde en el 0-0. A Teresa, a Philip y a mí la roja nos importa un bledo. Ella tiene el jardín por mundo entero, Philip siempre lleno el comedero y yo junto a mí a todos los que yo quiero.
martes, 26 de junio de 2012
¿De qué estamos hablando?
Al menos veinte calaveras duermen, yo no, no tengo sueño suficiente. El sol se desparrama sobre sus fosas nasales, sobre sus cuencas vacías, sobre sus cabellos blancos por la ficción, yo estoy a la sombra, no quiero ese sol de 33º a las 19:06, no hoy. Ya queda poco para llegar al final, 50 minutos para ser exactos, aunque la larga parada en Torrijos me hace pensar que ellos llegarán tarde, yo no fijé mi hora de llegada.
Los paisajes se suceden a través de la ventana y se amontonan en mi cabeza. Pienso en los campos de Castilla de Machado y los comparo con el mar que engatusaba a Alberti y una profunda certeza se asoma aquí: Los jinetes negros de Vallejo bien podrían comerse esos campos y surcar esos mares, todo por tener listo a tiempo ese pan que se nos quema en la puerta del horno.
Es irónico que los Black Keys me susurren al oído que "the voices calling me" (las voces llamándome) y un guitarreo propio de un gladiador les haga callar. Escuchen salsa, pero no la bailen. Bailen música clásica, pero no la escuchen. Jódanse, les hace falta. Yo por mi parte ya estoy bien jodido. ¿Se acuerdan de mí? No, claro que no, pero no se líen, yo pregunto por ustedes.
El que a hierro mata a hierro muere. Dejad de pensar en espadas que esto va de militares. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿No hablábamos de un viaje en tren? Ya claro, decidme el clásico "Ah no sé, tú sabrás de qué hablabas." Hablaba de tu puta madre y.
Los paisajes se suceden a través de la ventana y se amontonan en mi cabeza. Pienso en los campos de Castilla de Machado y los comparo con el mar que engatusaba a Alberti y una profunda certeza se asoma aquí: Los jinetes negros de Vallejo bien podrían comerse esos campos y surcar esos mares, todo por tener listo a tiempo ese pan que se nos quema en la puerta del horno.
Es irónico que los Black Keys me susurren al oído que "the voices calling me" (las voces llamándome) y un guitarreo propio de un gladiador les haga callar. Escuchen salsa, pero no la bailen. Bailen música clásica, pero no la escuchen. Jódanse, les hace falta. Yo por mi parte ya estoy bien jodido. ¿Se acuerdan de mí? No, claro que no, pero no se líen, yo pregunto por ustedes.
El que a hierro mata a hierro muere. Dejad de pensar en espadas que esto va de militares. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? ¿No hablábamos de un viaje en tren? Ya claro, decidme el clásico "Ah no sé, tú sabrás de qué hablabas." Hablaba de tu puta madre y.
miércoles, 9 de mayo de 2012
Y no para nunca
El corcel cetrino del muerto
cabalga la cara del vivo,
dejando surcos en el cuerpo
que no son años de vino,
si no arrugas de viejo.
El corcel cetrino del muerto
corre a estrellarse en el alba
donde nace, temprano, un sol hueco
que con frío calienta las almas.
El corcel cetrino del muerto
pisa con sus cascos el camino.
Con sólo un ojo va, como tuerto.
El corcel cetrino del muerto
hace ganancia de río revuelto.
El corcel cetrino del muerto.
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