lunes, 11 de abril de 2016

La Hora de la Siesta

Quería aprovechar la hora de la siesta, cuando todavía no han salido los demonios y las brujas pero seguís adormilados, para contaros algo que os calara bien hondo, algo que se quedara en vuestro subconsciente, un texto tal que no supierais si lo habéis leído o es un recuerdo falso forjado un día cualquiera en un bar de mierda cerca de las cinco de la mañana. Unas palabras de esas que podáis decir siempre "me suenan", pero que nunca sepáis exactamente de qué. Unos párrafos sencillos, pero de los que pudierais hablar con cualquiera, de esas cosas que uno a veces hasta finge que sí que las conoce por no quedar mal, parecer imbécil o ignorante, siendo la mayor muestra de todas esas virtudes el hecho de no reconocer que se desconoce aquello que se finge conocer. Por eso quise elegir la hora de la siesta, para que pudierais escudaros en ese hecho y así yo también pudiera refugiarme en las horas que son para afrontar las críticas por un texto que no es tan bueno como debería, pero que sin embargo sigue clavado en algún punto de vuestra mente como una cancioncilla recurrente. ¿Por qué? ¿Y yo qué sé?

La puta hora de la siesta, que para algunos son quince minutos, para otros dos horas y para otros no existe porque nos sienta peor la siesta que un vodka de cuatro euros. Como iba diciendo, me gustaría escribir algo tan fascinante y volátil como los pellejos que salen a ras de uña, que no duran nada y sin embargo al quitarlos dejan una herida, una huella en tu piel, algo que todas tus células conocen pero que ya no está y que se repetirá una y otra vez como un salmo raro. Me gustaría que dentro de veinte años alguien me preguntara que por qué escribí esa entrada del blog y haberla olvidado ya, pero que siga dentro de mí y dentro de quien la haya leído. Para conseguir esto quería aprovechar el efugio del sopor de la siesta y colarme en vuestro duermevela como un Freddy Krueger de postín, que leyerais esto sin enteraros bien de qué va la cosa y el retrogusto de las letras apuñalara vuestro paladar. Quería, a fin de cuentas, escribir una cicatriz, de esas de las que sólo se acuerda uno cuando duelen por lo que sea.

Soy cobarde y por eso tenía que escribir esto en este momento. Si os pillase con las pilas al cien por cien, con la atención dispuesta a ser concentrada en lo que queráis, este folio sería otro cualquiera. No soy tan bueno haciendo esto como para colarme en vuestro cerebro sin que esté en un estado más frágil que de costumbre. Esa vigilia que os envuelve ahora mismo es el puente que me permitiría hablar con la voz que suena en vuestra cabeza mientras leéis esto. Quería alcanzar por las letras aquello que vetáis a la voz y a la cara y para ello pensaba aprovechar la hora de la siesta. Quería hacer algo increíble y hacerlo con premeditación y alevosía, quería joderos la siesta y parte de la vida, clavaros una espina en un pliegue de vuestra masa gris, construir un resorte sin palanca ni fecha de activación, echaros en las narices un soplo de burundanga que os hipnotizara y os dejara a merced de mis frases.

Todo eso quería hacer, pero al final se me pasó la siesta.

domingo, 3 de abril de 2016

Es Difícil

Salió a la calle con los cascos puestos y entonces mi madre interrumpió este relato para preguntarme algo de un botón del mando de la televisión nueva. Él seguía en la calle, esperando a que yo escribiera qué era lo que iba sonando en sus cascos, pero mi hermano justo en ese momento contestó al whatsapp que le escribí a las 18:10. En fin, que el tío este iba escuchando... Me cago en la puta, ahora llama mi tía al fijo. Que va escuchando unas bases libres que ha encontrado por internet. Lleva unos meses planteándose empezar a rapear o a intentarlo, aprender a rapear sería lo correcto, pero él no lo dice así. Su cabeza se va fragmentando y mi madre vuelve a interrumpirme para que mire un perro que está saliendo en la tele. Como iba diciendo, su cabeza se va llenando con un baile de fractales, imágenes sin fin que mi madre interrumpe otra vez por el puto perro, incluso mientras escribo mirando al perro me insiste en que mire al perro. La verdad es que el perro es muy salaíno, pero ahora estoy a otra cosa, creo que no es difícil de entender. Su cerebro está en un viaje ácido, sumido en una espiral que avanza pero que parece no tener fin. Sin embargo le jode, no quiere ese viaje. Quiere que las palabras se le agolpen, que se unan para linchar su masa gris, que formen una batalla campal salpicando tildes y acentos por las paredes de su cráneo. Una maldita masacre y que, al final, los supervivientes se agrupen de tal manera que las rimas salgan solas.

No es tan fácil como parece escuchando a los que lo hacen, con la escritura pasa lo mismo. Lo que ocurre es que mi madre quiere que vuelva a mirar la televisión porque informan de la última victoria del Barça de baloncesto y por si no me había enterado, que a mí me gusta mucho el basket, pero joder, estoy escribiendo o intentándolo al menos. Nuestro protagonista no se frustra, pero tiene prisa y ésta no es buena compañera en estas lides, quiere correr antes de andar y corre, quiere que le salga a la primera y le sale cuando le sale, como a todos. Pero es que tiene un presentimiento, cree que tiene las herramientas y las ideas necesarias para hacerlo perfecto, es una misión divina, su propio dios quiere hablar a través de sus canciones. Es sólo cuestión de tiempo que consiga canalizar el mensaje que debe transmitir. Lo que no termina de entender es que Noé tenía los materiales, el conocimiento y las herramientas para hacer el arca, pero aún así su dios le dio tiempo para hacerla.

No se valora el ensayo. La sangre joven quiere imprimir la energía con la que recorre sus venas en todo lo que él hace, plantando en los surcos de su cerebro la idea de que es mejor estamparse contra el muro y ver si lo atraviesa que pararse a pensar cómo sortearlo. Una suerte de carpe diem imbécil, en pausa porque mi tutora me llama por teléfono para recordarme que mañana he de ir a recoger los papeles de las prácticas. Un ansia de hacer, hacer, hacer, hacer buscando hacer bien lo que se hace. ¿Cuánto más fácil y más perfecto sería el resultado con la preparación suficiente? Eso ni se plantea, la vida es corta y se escapa todo aquello que queremos. Tiene 26 años y la sensación de llegar tarde a todo, de que se le acumulan las sensaciones acreedoras que esperan que las viva. ¿Qué coño va a hacer a los 40? No puede evitar la presión de los grandes que a su edad ya habían grabado su nombre con oro en la historia y se la suda que le digan que eran otras épocas con menos competencia y más oportunidades, donde todavía estaba todo por hacer y una idea mediocre podía llegar a la cima, no como ahora, que las fronteras se llenan de pisadas de genios sin patria que fueron vendidos a quien pudiera pagarles algo, lo que fuera, con tal de seguir vivos.

Su cabeza lleva un rato en blanco y la mía también, ahora no me distraía nadie, simplemente me quedé en la suma de todos los colores, sin que el chispazo de las neuronas alcanzara el final de la etapa que se encuentra en mis dedos. Creo que lo voy a dejar aquí, si él termina lanzando su mensaje ya lo escucharemos por ahí, si yo termino lanzando el mío, ya lo leeremos por ahí.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

¿Tiene fuego?

Estaba sentado en su taller delante del banco de trabajo, con las gotas de sudor haciendo eslalon por su frente, el suelo cubierto de serrín de varios días y el mandil estampado de mil barnices diferentes. El fino rayo de luz que se colaba por el cristal roto del taller caía justo sobre la cabeza que acababa de tallar. Las manos cansadas y llenas de arrugas como el lomo de un libro viejo cien veces releído temblequeaban mientras cogían un cigarro del paquete que había sobre una mesa con herramientas. El cigarro llegó a los labios estriados de sequía del carpintero, que no atinaba a encontrar el mechero en sus bolsillos. Como hasta ahora, sin apartar la vista de su última creación, tanteó la mesa con las nerviosas manos buscando la chispa. Sería culpa del despiste, del ansia de las manos o del hambre de la sierra, pero se enganchó la yema de uno de los dedos en los dientes de esta última y empezó a llorar sangre desconsoladamente. El susto hizo que toda la familia de limas se arrojara al vacío. Pero el cabrón del mechero seguía sin aparecer.

Palpó los bolsillos del mandil, haciendo que las manchas de barniz tuvieran sexo forzoso con la sangre que manaba de su dedo pinchado o cortado. Las manos seguían sin encontrar lo que buscaban, así que dejaron el mandil todo revuelto y lo levantaron para acceder al pantalón, también repleto de medallas otorgadas por su buen servicio y años de experiencia, condecoraciones en forma de manchas de pintura de todos los tamaños y colores. Nada, ni rastro del fuego. Ensimismado como seguía con el bello busto, trató de pensar, sin dejar de clavar su mirada en los ojos vanos de aquella cara, cuándo y dónde se había fumado el último pitillo, en un intento por reconstruir las últimas horas del desaparecido mechero. No era capaz de pensar con claridad, así que no recordaba nada.

Se llevó una mano a la cabeza como si quisiera estrujarla para sacar el jugo de sus pensamientos y recuerdos a ver si aparecía el puto mechero de los cojones. Notó que algo le mojaba la cabeza y fue entonces cuando se dio cuenta de que se había cortado y llevaba sangrando un rato. Chupó instintivamente la yema del maltrecho dedo sin separar aun la vista de aquella mirada de encina y sin haberse quitado el cigarro de la boca. El sabor metálico de la sangre se mezcló con los restos de toda una vida de flemas parduzcas, nada nuevo para el hombre al que pertenecían la boca, las flemas y la sangre. Siguió libando la sangre, que extrañamente aun brotaba con abundancia y algo hizo clic en su cerebro. Acababa de ocurrírsele lo que le faltaba al busto para ser perfecto. Acercó su dedo sanguinolento a los labios de aquella mujer de la dehesa como para pedirle que no hiciera ruido y comenzó a recorrer con delicadeza cada uno de los milímetros que sus manos expertas habían tallado, deteniéndose en cada surco para que la sangre lo rellenara. Ahora se llevó de nuevo el dedo a la boca y lo chupó como si fuera la lengua de un beso platónico que aquella boca de madera pudiera darle.

Sacó el dedo de su boca cuando hubo terminado el beso, momento que coincidió con el final de la huelga de sus plaquetas que ahora sí sofocaban ya la violenta y sanguínea polución de aquel dedo veterano. Escupió con rabia el cigarro sobre la moqueta de serrín. Ahora que había logrado la perfección ya no tenía ninguna necesidad de volver a fumarse un pitillo para que el seguro creyera que el incendio del taller había sido fruto de una colilla mal apagada.

viernes, 25 de septiembre de 2015

La Venganza Definitiva

Estaba desnudo en mi habitación, con el pene aun en la mano, ya flácido y morcillón tras la dura sesión de amor propio. La persiana bajada por aquello de que no me vieran los vecinos y la puerta cerrada para que no se escapara el sonido del porno. Agarré el calzoncillo que me había quitado y limpié lo que había que limpiar. Cogí el tabaco de la mesilla, me lié un cigarro y me dispuse a tumbarme en la cama. Se me había olvidado coger el cenicero, así que lo sustituí por la piel de plátano que había desechado antes y ya de paso encendí el cigarrillo con el mechero de la mesilla. Ahora sí estaba preparado para tirarme en la cama en pelotas y meditar durante un rato. Cerré los ojos y aspiré el humo intenso, lo único que podría mejorar ese momento sería la sensación de sus manos posándose en mi pecho. No, no debía pensar en ella, ya la había perdido. Abrí los ojos con la intención de borrarla de mi pensamiento y entonces lo vi. Me miraba desde el techo con aquellos enormes ojos brillantes de un tono amarillo-verdoso. Tenía un cuerpo muy pequeño, peludo y marrón, como si fuera algún tipo de lémur. El diminuto cráneo cubierto de una maraña de pelo canoso y deshilachado y las manos rematadas por unas garras larguísimas que se clavaban en la pared. Allí, desde una esquina del techo de mi habitación, me miraba con aquellos ojos sin párpado. No sabía qué era ni cuánto tiempo llevaba allí, ni qué intenciones tenía, ni nada.

De repente reaccioné y salté, bueno, me tiré, de la cama. En ningún momento pensé en nada que no fuera salir cagando hostias de allí. Me puse en pie y fui corriendo hacia la puerta, tropecé con la alfombra y me caí, golpeándome el mentón con la silla que, por fortuna, estaba llena de ropa. Aun así me dolió. Miré atrás antes de tocar el pomo de la puerta. El bicho no se había movido un milímetro excepto por su cabeza, que había girado de tal manera que seguía mirándome. Era fascinante y extraño, pero la alarma en mi cerebro se apresuraba a obligarme a dejar de mirarlo y continuar la huida. Giré por fin el pomo de la puerta y salí de la habitación, menos sobresaltado que antes, pero todavía con prisa. Mi cabeza seguía llenándose de adrenalina y miedo, aunque no dejaba de pensar en aquel extraño ser. Bajé las escaleras dispuesto a salir corriendo de esta casa maldita, pero la puerta de la calle abriéndose me detuvo, era mi hermano. Se partía de risa al verme desnudo, pero mi cara desencajada se la cortó como un vaso de leche fuera de la nevera en agosto. Le conté lo que había ocurrido tan rápido como pude y acto seguido me preguntó si había vuelto a tomar tripis. Le agarré de la mano y tiré de él hasta mi habitación para que contemplara al sobrenatural voyeur que me atormentaba. Como pasa en las películas, al llegar allí no había nada, ni siquiera las marcas que sus garras deberían haber dejado en la pared. La cara de mi hermano era indescriptible, obviamente no podía creerme. Me convenció de achacarlo a las drogas, a la depresión por la ruptura y al estrés de mi situación laboral, tan inexistente como el observador desaparecido. Por supuesto no le dijimos nada a nuestros padres.

Pasaron los meses y medio me olvidé de aquel suceso, digo medio porque mi hermano se encargaba de recordármelo con sorna, vamos, que no me olvidé en absoluto de aquel ser de ojos grandes como bolas de billar. Su latiguillo favorito era el clásico "No te hagas pajas que te vas a quedar ciego y casi que mejor sería, ¿verdad hermanito?". El caso es que, como es fácil imaginar, la relación con él se había deteriorado mucho. Llegó un punto en que le odiaba. Tanto me daba la brasa, que me decidí a gastarle una broma que pusiera fin a sus burlas de una vez por todas. Elegí una noche que mis padres se habían ido a una cena con unos amigos, volverían muy tarde y nos quedábamos solos, eso significaba dos cosas: que tenía tiempo de sobra para ejecutar mi plan y que indudablemente mi hermano se masturbaría entre partida y partida de sus juegos online. En cuanto se fueron, puse en marcha "La Venganza Definitiva" (en mi cabeza sonaba muy bien ese nombre). Subiéndome en una silla rescaté de encima del armario al Señor Bombi, un peluche de un oso marrón con el que jugábamos cuando yo era pequeño. Después cogí la máquina de afeitar de mi padre, un trozo de salchicha del frigorífico y engañé a Guybrush, nuestro border collie, para que se dejara cortar un poco de pelo. Entonces bajé al sótano y cogí cinta aislante de doble cara, pegamento, un par de bombillas pintadas de rojo que había en la caja de adornos navideños y sus correspondientes portalámparas, dos pilas de petaca, un poco de cable, aguja e hilo y unas tijeras bien fuertes. Ya casi lo tenía todo, sólo me faltaba pasar por la cocina para coger el largo salvamanteles de mimbre que mi madre tenía por allí. Regresé a mi habitación con todas las piezas y comencé a crear al actor principal de mi venganza. Monté el clásico circuito que te enseñan en clase de tecnología, el de la bombilla conectada a una pila y comprobé que ambas funcionaban. Continué arrancándole los ojos al Señor Bombi para después abrirlo en canal, colocar dentro toda la circuitería y, con maña, sacar los portalámparas por donde antes estaban sus ojos, de tal forma que al poner las bombillas estas se iluminaban. Luego cosí la incisión con más mimo que cualquier cirujano. Ahora tocaba sacar unas varas de mimbre del salvamanteles, afilarlas un poco para que parecieran garras y coserlas a las manos del pobre Señor Bombi. Por último, pegué el pelo de Guybrush, alborotándolo, alrededor de la parte trasera de la cabeza del peluche. Me alejé un poco para contemplar mi obra maestra, sin duda era muy parecido al bicho que me atormentó en su día. Mi hermano se iba a cagar encima.

Convencí a mi hermano de que pidiéramos una pizza o algo para cenar y hasta accedió a bajar él a atender al repartidor, ese momento fue el que aproveché para pegar con la cinta mi macabro muñeco en una esquina de su habitación, donde sabía que no lo vería hasta que no se tumbara en la cama con el portátil, dispuesto a jugar con su joystick favorito. Finalmente cenamos chino en vez de pizza, al terminar, mi hermano volvió a recordarme que tuviera cuidado con las pajas y mi vista y le mandé a la mierda. Nos fuimos cada uno a nuestra habitación. Yo me quedé pegado a la puerta, esperando con ansia el momento en que descubriera mi engendro, hasta que me paré a pensar en que aun podían pasar horas hasta que el subnormal de mi hermano dejara de viciarse a sus juegos de mierda y se pusiera a darle a la zambomba, así que me tiré en la cama y me puse a leer hasta que me quedé dormido. Desperté un par de horas más tarde y fui de puntillas hasta la habitación de mi hermano para pegar la oreja a la puerta, no se oía ruido de juegos, mi hermano debía estar en plena faena. Esperé un rato a ver si por fin se ejecutaba mi plan, pero pasó alrededor de una hora y, sinceramente, dudaba que mi hermano tuviera tanto aguante. Pensé que se habría quedado dormido otra vez en la silla del ordenador, así que, frustrado, me fui directo a la cama, pero, justo cuando entraba en mi habitación oí un grito desgarrador proveniente del cuarto donde "La Venganza Definitiva" se acababa de cumplir. Fui corriendo hasta allí, abrí la puerta, grité "¡A ver quién es el que tiene que tener cuidado con las pajas ahora para no quedarse ciego!" y empecé a reírme a carcajadas. Cuando pude parar y abrir los ojos, miré a mi hermano, extrañado porque no hubiera dicho nada aun ni me hubiera pegado. No podía creer lo que veía, el cuerpo de mi hermano yacía en la cama, desnudo sobre un charco de sangre enorme y las cuencas de sus ojos estaban vacías. Corrí hacia él con la intención de socorrerle pero entonces lo vi en una esquina como él me veía a mí, instintivamente miré hacia donde había colocado el peluche, que ya no estaba y al volver a girarme para ver al ser que me observaba, sólo pude ver cómo una garra de mimbre afiladísima entraba en mis ojos, dejándome ciego y causándome un dolor indescriptible. Caí al suelo aturdido, con un sólo pensamiento en la cabeza: ojalá papá y mamá no vengan con ganas de fiesta.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Disparo, duermo y sé

Vuelta a empezar y van cuatro. Se esfuman las ideas como pájaros asustados por una palmada escopetera. No sé si es un cerebro cansado, ira infundada, un calentón que no termina de enfriarse o un portazo mal dado. Muy por debajo del río me dijo el suicida que a veces pesa más el cuerpo que las cadenas. "Garrotazo y tentetieso" en la televisión y después echan Los Bingueros, quién pudiera jugarse el devenir del mundo a un farol de doses. Yo sólo disparo y disparo... y disparo. Perdigonazos que generan pérdidas en una auditoría tan falaz como castiza, es tan ancha Castilla como el hambre de los extremeños. Pateras y estrellas del pop haciendo nubes de polvo en el horizonte, todos esnifando la boina informativa de la capi que no deja ver el sol. Duermo, dormimos, dormíais, por sobre el cielo de los chemtrails, estirando las alas cansadas de Ícaros cualesquiera. Permitidme una licencia barata, que no me alcanzan los bolsillos el precio de soñar hoy día. Recreo el tintineo de dos hielos en copas de sudor mundano y contemplo las arrugas escaparse bailando entre mis dedos. Geometría y cómics en dientes amarillos por el sarro, bañeras llenas del barro de los sinsentidos de un noctámbulo. Conjuntos de palabras que se estrellan a diario en caras de gentes sin tiempo para escuchar a nadie. ¿Qué saben los labios del sabor de las cosas?

Hay quien acepta por compromiso subir a la montaña rusa de un desconocido, agitar un tubo sin falda al son de una meada más caliente. Broncas de platos rotos que terminan en un tiro de keta con fondo musical de Raphael. Surcos de pana que madrugan para ir a por churros y se toman la molestia de leer las noticias que los envuelven mientras el azúcar se cuela en su córnea aún dormida. Puede que no exista aquel que entienda, que sea mentira aquella luz que se apagaba. Yo sólo disparo y disparo... y disparo. Malabares que agasajan a un público imbécil, dictador de absolutismos mayoritarios, preguntando el por qué y el cómo, jamás el cálculo. Hay quien asegura que no come, pero todos expulsan excrecencias por su boca de ano y van por ahí con un trozo de papel a modo de rabo, colgando del culo. Duermo, dormimos, dormíais, colgados como musarañas de castillos en el aire, gota a gota haciendo charcos de sangre. Salpicaba la sartén gotas de aceite en braille, directas al mandil de los sintecho que se agolpan tras la barra americana. Las piernas de la stripper cabalgando aquel misil, la crisis nuclear de lo rural. No quiero saber nada y ya sé demasiado. Dan por culo al inocente innecesario, presidentes escuchando lo que habla tu neceser, hijos denostados con acritud antifúngica. ¿Qué saben los párpados del color de las cosas?

martes, 3 de febrero de 2015

Hiperhidrosis

Le vino bien que entrara aquel aire gélido por la ventana rota, a pesar de que, por algún motivo inexplicable, seguía sudando más que Striker en Aterriza Como Puedas. La verdad es que su sudor no era lo único difícil de explicar en aquella situación, de hecho, es posible que fuera consecuencia de la maldita salsa que tomó en el restaurante mejicano hace escasamente una hora y media, picaba tanto que bien podría haber sido el sudor de Satán. Sería pertinente también tener en cuenta que vive en un edificio con calefacción central, lo que normalmente es una ventaja en vez de un inconveniente, pero en este caso él es la única persona de menos de setenta y dos años en todo el bloque, y eso implica imaginarse a ancianos hasta arriba de sintrom frente a lo que quiera que sea que controla la temperatura de los radiadores, maldiciendo y golpeando el cacharro ese porque no sube de cincuenta grados. Otro factor importante es el hecho de que no se había quitado todas las prendas de abrigo que, cautamente, se puso antes de ir al restaurante. El caso es que hacía frío suficiente para llevar todas esas prendas, incluso las orejeras y el pasamontañas, y que, hasta ahora, no había pasado calor alguno y ni una sola gota de sudor se había asomado a su frente. ¿Por qué diantres sudaba tantísimo entonces?

Puede que en el trayecto del restaurante a su casa desarrollara algún tipo de enfermedad extraña y desconocida que provoca una sudoración extrema e inaudita en el enfermo, quizás incluso sea él el primer caso en el mundo. El principio de la navaja de Ockham nos lleva a descartar esta opción, pero ese mismo principio obliga a pensar que el propio Ockham nunca sudó de esta manera, ¿vamos a seguir entonces las ideas de un tipo que nunca ha estado en la piel de otro tipo que suda como ningún otro tipo sudó nunca en toda la creación? ¿Es que estamos locos o qué? Otra explicación plausible sería que en vez de ser sudor fuera simplemente agua y que este sudoroso individuo estuviera calado sin darse cuenta pero, con el frío que hace, es imposible que no se hubiera dado cuenta de que estaba calado, salvo que hubiera contraído, en el transcurso del restaurante a casa, una enfermedad nueva cuyo único síntoma consiste en que el enfermo no es consciente de que se moja cuando se moja, pero a mí eso me parecen muchas enfermedades desconocidas para una sola persona en tan poco lapso de tiempo. Supongo que Ockham pensaría lo mismo.

Dejando el asunto de las enfermedades aparte, seguía siendo inexplicable la sudoración de este tío. Sudaba tanto que Dios estaba desesperado buscando el número de Noé para encargarle un arca nueva. Sí, estoy afirmando que incluso Dios desconocía el motivo por el que este hombre sudaba de esa manera desproporcionada y cruel. Buscando el lado positivo a este extraño suceso, al menos no era una persona de esas que tienen un sudor muy fuerte, de hecho parecía no oler a nada, aunque tengo la ligera sospecha de que si esto se alargase terminaría apestando. Era como un sobaco en Almería en agosto, pero del tamaño de un hombre. Algo inaudito, pero que podría explicarse simplemente con un fenómeno orgánico que todos conocemos bien: la sudada de un domingo de resaca. El cuerpo expulsa toxinas y mierda en general que no ha sido capaz de eliminar mediante la orina, el vómito y las heces, generalmente diarreicas, que llevan produciéndose desde el momento en que el nivel de toxicidad del organismo es más alto de lo tolerable. Sin embargo, él no estaba de resaca, ni siquiera había bebido alcohol o se había drogado en los últimos dos meses.

¡Ya lo tengo! El tío está nerviosísimo por el motivo que sea, a lo mejor va a cometer un delito o a rodar su primera escena porno o acaba de encontrarse a Inda y Marhuenda desnudos dentro de su cama o no termina de creerse que los billetes nuevos de diez y cinco euros son de curso legal. Pero no, el tío está tremendamente tranquilo salvo por la cantidad de líquido que está perdiendo por cada uno de los poros de su piel. En realidad lo único que le preocupa es algo de lo que nosotros nos hemos olvidado llegado este punto, ¿cómo se ha roto la ventana?

martes, 22 de julio de 2014

Vamp

Sacado del mismo cuaderno que creía haber perdido.

Apunta: "Que se escapó de la cama un 4 de Abril. Todavía se bamboleaba el trozo colgante del papel higiénico que abrimos antes de empezar. No había cerrado aun la puerta y ya habían pasado años desde que se fue. Casi noventa a lo mejor o así, bueno, noventa no, pero setenta sí. Todavía me miraba su sombra desde el quicio de la puerta cuando ella se bajaba del taxi en una ciudad en blanco y negro. No llovía pero casi. Las luces de neón pasaban más deprisa que su recuerdo y la ley seca me hacía carraspear. El colchón no había vuelto a su forma original y ya la semana santa quedaba páginas atrás en el calendario. A veces dudo si no fue un mal viaje de Mayo. No me molestaré en describirla, todos la habéis tenido lo que tardasteis en apostatar y ya sabéis lo que ponía en su estampita. Cuando la conocí recogía donativos para una ONG sin ánimo de lucro, que recogía lo que sobraba de las vidas que ella iba reescribiendo. A mí me hizo volver a empezar, 12 volúmenes, 37'5% de alcohol y un nórdico que estorba. Punto y aparte.

No podía ni sudar, se lo llevó todo menos el puto papel higiénico. E hizo bien, porque me cago en sus muertos todavía hoy."