sábado, 3 de noviembre de 2018

Algo Palpitaba

Vi la llama devorando la mecha y eché a correr. Crucé una habitación tras otra, consciente de que no quedaba mucho tiempo. Todas aquellas estancias se encontraban vacías, no había ni un maldito mueble que pudiera servir de parapeto. Al final del recorrido, un muro. El olor a chamusquina golpeaba mis fosas nasales como el agrio del turulo. Estaba cada vez más cerca a pesar del tiempo que llevaba huyendo. Entonces lo vi claro, volví sobre mis pasos con calma hasta llegar a la mecha y empecé a tirar de ella. Una vez cara a cara con la bomba, la sostuve entre mis brazos como se sostiene a un ahogado. Cerré los ojos tan fuerte que comencé a ver puntitos blancos por todo el oscuro cielo del reverso de mis párpados.

La deflagración sólo me quemó el pecho por dentro, muy por dentro. Pero aquello no me importaba, lo verdaderamente doloroso eran los millones de esquirlas de pasado que primero laceraron mi piel y después se clavaron en mi carne como las uñas de un gato que se resiste a ser bañado. Había tantos fragmentos que ni siquiera sangraba. Estaba allí tirado, a 118 kilómetros del lugar de la explosión, convertido en un amasijo de dudas con púas de pretérito, una especie de puercoespín tristón que no es capaz de liberarse del metálico abrazo de un cepo que le atrapó sin querer. En mitad de aquella lastimosa quietud noté una palpitación.

Abrí los ojos de repente, el dolor dio paso a la indignación y casi a la vergüenza. Allí, sumido en la miseria y la apatía, ahogándome en un charco sin sangre, algo palpitaba. Me miré como pude el pene, aún a sabiendas de que la libido había sido una de las primeras ratas en abandonar el barco, y me alivié al comprobar que no había necesidad de sentir culpa cristiana. Algo palpitaba. Tanteé con torpeza los alrededores de mi ano, tratando de no hacerme más daño con las enormes astillas, y me alivié al comprobar que seguía tan callado como de costumbre. Algo palpitaba. Arranqué cauteloso la metralla que se mezclaba con mis pestañas, por si acaso fuera todo consecuencia de un tic nervioso, y me alivié al comprobar que lo único que se movía allí era un torrente de lágrimas. Algo palpitaba. Me hurgué dentro de lo que me quedaba de tórax con urgencia, como un jabalí que hozara en busca de una trufa, y me alivié al comprobar que allí, entre los rescoldos aún humeantes de la explosión, un ejército de pequeños duendes, ataviados con extrañas máscaras y una suerte de trajes ignífugos, trataban desesperadamente de insuflar vida a la horadada piedra roja que ahora apenas parpadeaba. Algo palpitaba.

martes, 9 de octubre de 2018

Pero No Disparo

Escuchaba música instrumental, no fuera que alguna palabra mal dicha me sacara de mis pensamientos. En una pestaña el blog, en otra youtube, en la siguiente el diccionario y en las otras dos el sueño de una noche en vela.

Tiene cojones volver al blog así, ¿no? Por fortuna no tengo la presión de la fama o de la obligación. Hago esto porque quiero, no me preocupa en absoluto gustar o no gustar, que se entienda o no se entienda, sólo escribo lo que quiero escribir.

La música seguía su curso, ahora con un saxo desbocado. Cierro los ojos y veo el paisaje mecánico. Agarro a ciegas la sábana y me tapo con todos los fantasmas. Me aseguro de estar a suficiente distancia del cabecero para que no roce la corona de neopreno. Me giro, como si algún trozo de la almohada fuera a estar más frío que el de al lado, más frío que yo. Vaya si se fue el verano.

El caso es que no estoy totalmente seguro de estar escribiendo lo que quiero escribir. Cabe la posibilidad de estar soltando las letras que necesito soltar, sin que medie una voluntad consciente.

Vuelvo a hacerme una paja, como si quisiera llorar por el pene lo que no me sale de los ojos, como si quisiera sacarme los demonios a través del placer, como si estuviera desesperado por dormir, como si quisiera hacérmela.

¿Quién escribe esto realmente? ¿Tú, yo, vosotros? ¿Qué saben las mentes de los pequeños rayos que las dominan? ¿Qué saben los dedos que surcan el teclado de quién les da la orden? ¿Qué saben las teclas de quién las pulsa? ¿Qué saben los átomos del cuerpo?

En el estómago tantos litros de cerveza como de horrible fritanga y claro, la guerra es inevitable. Me cago de miedo y de muchas cosas más. Empuño el rifle decidido, pero no disparo. Apunto al enemigo, pero no disparo. Amo al enemigo, pero no disparo.

No sé si quiero escribir más. Quizás mañana. La música sigue. El pensamiento sigue. Pero no disparo.

martes, 27 de junio de 2017

Aire Fresco

Otra historia de esas de hostias, otro cuento violento, otro relato ingrato...

Se apresuraba a subir las escaleras, debía darle tiempo. Miró hacia arriba por el hueco con resignación, no le alcanzaba la vista para ver el final del recorrido que debía acometer. La verdad es que era una pedazo de putada que el ascensor estuviera estropeado, pero bueno, también es cierto que el cartel de "reparación inminente" llevaba allí colgado desde que entró al edificio por primera vez para el reconocimiento del terreno, así que no sé qué esperaba, habría sido mucha casualidad que lo hubieran arreglado justo cuando a él le venía bien.

Había subido esas escaleras cerca de cien veces, las últimas treinta cargado con todo el equipo, no podía dejar nada al azar. Pero esta vez se le estaban haciendo interminables. El maletín le pesaba en las manos como un bloque de cemento en los pies de un recién tirado al río. La sangre bombeando a buen ritmo hinchaba sus venas, haciendo que la gorra le apretara en la frente como el hachazo de una Atenea ansiosa por escaparse de sus pensamientos. Sentía arder las piernas de dentro a fuera, como si un rayo latente las poblara. Se le agolpaba en el pecho el aliento que empezaba a faltarle, llenándole la boca de sabores metálicos.

Se paró un momento buscando resuello y aprovechó para mirar el reloj. No le quedaba demasiado tiempo, tenía que llegar hasta allí arriba por lo menos con un minuto de sobra o fallaría. Inspiró lo más hondo que pudo antes de retomar su camino a más velocidad que antes. El cansancio iba haciendo mella, provocándole en los poros una suerte de llanto que se vertía por su piel. No pudo evitar volver a mirar hacia arriba y el vértigo se apoderó de él. Se le llenaba la cabeza de espirales, sintió que perdía suelo, que se iba a negro, que iba a morir.

El estado de alarma no le consintió pensarlo mucho, se arrojó contra la primera puerta que vio, tirándola abajo y cayendo al suelo con ella. Tenía los ojos casi en blanco y daba boqueadas como un pez en el asfalto. Unos espasmos hacían temer lo peor. Pero para él era peor fallar que morir y probablemente eso era lo que le estaba matando. Se recompuso ligeramente. Controló las convulsiones y consiguió volver a respirar con normalidad. No necesitaba mirar de nuevo el reloj para saber que llegaba tarde.

La proximidad del fallo urgía a su cerebro a idear alguna solución. Mientras pensaba, sus manos se fueron directas al maletín, lo abrieron y empezaron a juntar las piezas que conformaban su herramienta, en un intento de ganar algo de tiempo. Entonces lo vio claro, no necesitaba la mejor posición, sólo acertar antes que los demás. Con el rifle ya montado, se arrastró como pudo hasta el enorme ventanal que había frente a él. Apuntó con dificultad y disparó. Los cristales le cayeron encima como una lluvia de verano, sin llegar a cortarle, sin llegar a mojarle. Comprobó a través de la mira que había alcanzado el objetivo y entonces se desplomó.

En el último piso alguien giraba los mandos del aire acondicionado central, apagándolo. Ese mismo alguien se quitaba una máscara de gas y abría el ventanal. Ese maldito alguien cogía entonces su rifle, que descansaba apoyado en la pared, lo amartillaba, apoyaba la culata en su clavícula y observaba a través de la mira cómo el objetivo ya había recibido un tiro. Le sorprendía, pero no le importaba. Disparó y guardó el rifle. No necesitaba acertar el primero, sólo ser el único que pudiera reclamar el premio.

sábado, 20 de mayo de 2017

¿Qué fue?

El caso es que me sonaba de algo y sentía de qué, pero no caía. Aquel tintineo ladino hizo que me vibrase el móvil. El acre olor de los encurtidos se escapaba desde los alvéolos hacia el intimidante añil circular y me caí en el pozo. Ese fino telón níveo que parece sin rasgar, lo hace crepitar una puñalada aleve involuntariamente incandescente, volviéndolo bermellón al final de la función. Añoré las constelaciones inventadas, el traslado de mi propia capilla a un santuario más benévolo, que me ungieran con la sangre de esos cismas. Repetir los rituales de rutinas extintas. Veinte azotes de las sogas y sentir que me columpio. ¡Aplíquese justicia! El morbo de la herejía.

Me quedaba solo en casa, no sólo. Perdido en mitad de unas notas entre tú y yo que quise hacer que cantaran otros. La densa humareda mercurial de la quema de rastrojos que se me caía flotando desde el paladar. El vaso de zumo derramado infértil, inane, herrumbroso. El hondo quejido erudito de los afiches gravosos. Los dolosos entresijos maleables que aletean por uso normativo. La excrecencia que bombea de abajo a arriba, convencimiento fútil de deus ex machina transformado en vetusta reminiscencia. Derivar, disentería, cosas que empiezan por "d" acabadas en vocales con ínfulas de consonante. Me negué a seguir andando. ¡Levántese carajo! La cultura del lejía.

Tenía muchas ideas debajo del sombrero, pero no salían. Fue el acecho lo que hizo que la presa se escapara. Fue el tiro errado lo que hizo que no sucediera nada. Fue el arbusto semoviente lo que hizo que no variara la distancia. Fue el practicable fundido lo que hizo que no se usara. Fue el tácito tañido de tu ombligo lo que hizo que ensordeciera. Fue el ataráxico deseo lo que hizo que me perturbara. Fueron todos los lenguajes los que hicieron que no entendiera nada.

lunes, 24 de abril de 2017

El Rayo

A veces un súbito rayo de lucidez se lanza contra el muro de nubes que rodea mi córtex. Unas veces el resultado es Ayrton Senna, otras veces la chispa que prende la luz que arroja las sombras de la caverna, otras, como un peo, simplemente el anuncio de que se avecina tormenta. Envalentonado entono el mea culpa, como queriendo explicarle mis razones a la razón, como si se pudiera combatir la valentía armado con miedos. Me arrastra y me arrastra y me arrastra, como a lo que queda de un naufragio y me resisto. Clavo las uñas en mi sitio, porque prefiero dolor viejo antes que porcentajes que no controlo. Apostar sobre seguro y ponerme la mortaja, tengo sueño, en singular. Por más excusas que busco el rayo no me deja descansar, ni tres días, ni resucitar, ni nada. Lo innegable, el filo que corta de la navaja de Ockham, la certeza matemática, el trato de inversión cero y posibilidad de doble tajada.

El rayo y el pararrayos que se aman, el uno buscando al otro con la mirada puesta al cielo, el otro emborrachándose en medio de la borrasca antes de arrojarse en misión suicida contra el otro. A lo Buko. Y ya casi recorre la metálica espina dorsal con lascivia propia de un potro y ya casi se balancea en un escalofrío el mástil con vaivenes propios de una sinapsis. El fogonazo inevitable de quienes se encuentran, las chispas del olor a chamusquina, la irrefrenable necesidad de necesitarse, el querer querer, potencia, acto y al final hastío. Condenados a sucederse en un parpadeo eléctrico demasiado rápido para la consciencia, demasiado lento para el interior. Condenados a consumirse en el remolino de aire caliente como pavesas a punto de apagarse, subiendo como Ícaro, bajando como un denso escupitajo que se arroja desde un puente.

Todo el cuerpo lleno de cicatrices por dentro y por fuera, de arrastrarse entre zarzas, de tragarse los gatos panzarriba del orgullo. Apaleao como costo malo, como perro que no caza y embotado como falcata que ya no busca sangre. Que siempre es lo mismo le grito al rayo y me responde que lo mismo es siempre distinto. Le hablo del miedo a la muerte si quedan cosas por hacer, me habla del miedo a la fugacidad. Le hablo de la cobardía y mis escondites, me habla de cargar y abrir ventanas. Le hablo de razonamientos que atormentan, me habla de tormentas de razones. Se le acaba el tiempo y a mí me ha devuelto las ganas esta vez. Me advierte de lo fácil que es diluir las intenciones, antes de salir por la puerta entre las nubes. Y yo me quedo aquí, que ya se me olvidó lo que había venido a hacer.

miércoles, 25 de enero de 2017

Reset

He soñado tantas veces con destrozarnos en tu casa, en mi casa, en el cuarto del conserje, en un césped aleatorio, en la calle a la vuelta de una borrachera, en los baños del cine cuando aquella peli aburridísima, en mitad de un concierto en el WOMAD, en tus sueños, en el tanatorio despidiendo a un desconocido, en la trastienda de mi negocio, en los celos de tu ex que quiere volver, en medio de un tiroteo, en el suelo de agujas de los yonkis, en el cielo batiendo las alas, encima del botón rojo que destruye el mundo, en todos los rincones del castillo tras el que te parapetas, en el hueco de la trinchera en que te lucho, en el todo y en la nada, tantas veces he soñado que nos destrozábamos que ya ni te sueño.

No espero ya nada y parece que se me acaba el tiempo. Creo que se para el crono a mitad de cuenta atrás, creo o espero, no lo tengo claro. ¿Qué significan los "como siempre" si se alargan demasiado? ¿Y si no llegan como siempre? Pienso a menudo en la cordura como una suerte de embalse y todo se me descuadra cuando estando en la sequía estoy loco y cuando lo lleno enloquezco y veo en los otros lo mismo y lo contrario.

Antes era analítico, mentalmente ágil y con un discurso coherente. Ahora, aletargado de meterme caña para huir, me veo uno con la estupidez y sé que dejo pasar trenes, oportunidades y las pistas que antes no necesitaba que me dieran.

Que os jodan, a veces escribo sólo por no ir al váter a masturbarme.

sábado, 1 de octubre de 2016

Hoy se Sale

Casi me desencajo la mandíbula dos veces, una bostezando, la otra ni idea. Se le acabó la batería al mp4, así que tuve que sintonizar Radio-yo y volver a casa escuchándome pensar. Sonaba bien rancio, no sé si es que la señal no llegaba bien o qué. Traté de elevarme a ver si así lo solucionaba, pero nada más lejos de la realidad, así que para abajo de nuevo. Aguanté estoico el chaparrón, seguramente haciendo muecas inconscientes, mordiéndome los labios y apretando los puños. La verdad es que no me acuerdo de qué iba. Llegué a casa y cambié la radio por la tele con un plato de arroz. Terminé por quedarme dormido en el sofá con el arrullo del ruido blanco y las olas de cerveza. Se produjo uno de mis momentos favoritos de ser humano, despertarme para irme a la cama a dormir. No pude resistirme a ver si moviendo la antena pillaba mejor la señal, pero me aburrí antes de empezar y me dormí.

Soñé con fuego sobre la superficie lunar, viéndolo descalzo echado en un césped verde oscurecido por la noche. Tuve pesadillas de cruces y vías muertas. Se me caía la baba anonadado en la copa que sujetaba. Sentí que me caía en la cama tras levitar unos metros por fuera de mi cuerpo, lo que pasa es que no era mi cama, ni tampoco mi cuerpo, pero levitar sí levitaba. Soñé con nieve sobre la superficie del mar, viéndola descalza echada en un banco de arena fina por el viento. Tuve pesadillas de acero y peso muerto. Se me caía en la cara un jarro de agua fría que sujetaba. Sentí que se abría la ventana para que entrase un ser amado, lo que pasa es que no era mi ventana, ni tampoco mi ser amado, pero entrar sí entraba.

Cuando abrí los ojos habían pasado muy pocas horas para la guerra que el estómago me estaba dando. Quise darme la vuelta y seguir a lo mío. Imposible. La vuelta al insomnio parece cada vez más cerca, cuando ya creía que tenía esa lucha ganada. ¿Nuevos fantasmas abren viejas heridas? Estelas, briznas mecidas por el aliento de los descalientos.

miércoles, 21 de septiembre de 2016

Casi Casi Enajenante

Quise revolver un estómago tranquilo por todos esos rollos tácitos que golpean los barrotes intentando escapar de la almohada. Comencé la cuenta atrás de las latas de cerveza y me perdí. Espiral y paranoia, reducción del lenguaje a lo binario, sí, no, yo qué sé. Bloqueo del escritor, despachando al humorista, improviso una suerte de canción, todos siguen pensando que sigo siendo yo. Termino la fachada y desmonto los andamios, intento mear un árbol. Escucho a demasiados fans hacerse fotos a mis espaldas, por mucho que les jure que es mentira lo que han leído en Wikipedia. Al final de la jornada me duele todo el cuerpo de sentirme aletargado, así que el resto de la semana tiro de resaca. Ordeno mi mente, aparco coches que intentan atropellarme y acudo a reuniones que me mantienen por encima de la soga. Vamos a sentarnos a la orilla de la hoguera y te cuento otra historia, no perdamos la costumbre.

Estaban allí sentados, mirándose, sin hablar. Hacía tantas horas que estaban así que a los dos se les habían dormido las piernas. Tan sólo algún parpadeo esquirol interrumpía el contacto visual, amparándose en no sé qué mierdas de que por mucho que apoyara la acción debía preservar el globo ocular o todo se iría al infierno. El centelleo del fuego de la hoguera que se esforzaba por llamar la atención no lo conseguía, pero sí que iluminaba sus rostros, produciendo luces y sombras, que quizá era lo que andaban buscándose en esa larga plática muda. Diríase que no había más lenguaje que el crepitar de los aullidos de la madera consumiéndose y el runrún de las células que no entendían qué diantres hacían esos dos. ¿Cuánto iba a durar esta tontería? Seguramente no lo habían pensado en ningún momento, así que cabía la posibilidad de cometer un error que se convirtiera en deuda como por arte de tropezarse dos veces con la misma piedra y doscientas con otras tantas. Es muy probable que alguno de los dos pensara en arrojarse por encima de las llamas y abrazar al otro, o estrangularlo, o comerse a dentelladas frenéticas la carne de su barbilla, o echarle el vaho en la frente, o zambullirse para siempre en la galaxia que hay pasada la córnea, donde llevaban horas llamándose a voces sordas. Un forzado cambio de postura con las piernas torpes exanguinadas hizo que se derramara el vino por fuera de los labios. Sintió que se iba y trató de acercarse, la falta de circulación le hizo desplomarse como la estatua de un dictador el día de la liberación, con una suerte aciaga que dejó su cabeza sumergida entre las brasas como una cuchara entre granos de café. Se revolvía, tratando de impedir que la otra parte de este diálogo se marchara, pero su cuerpo aún notaba los atascos de la sangre dormida. Nadie apagó las brasas, seguía allí quemándose, seguían allí observándose. Comprendió rápido que el cambio de postura había sido casi un acto reflejo, como ese parpadeo que se entrometía cada poco tiempo. Se precipitó y ahora se estaba haciendo. En cierto modo aún les quedaban insultos que decirse en ese debate ciego. Ambos dejaron pasar un rato, pongamos diez minutos de cortesía o lo que tardaron en recobrar el control de sus piernas y la capacidad de ruborizarse y se fueron sin mirar atrás. En cuanto dejaron de sentir la fuerza gravitatoria del uno sobre el otro fue cuando la hoguera se apagó, dando chispazos con los "hasta luego" dichos por la calle, obligando a las brasas a humear con un simple "me acordé" y finalmente añadiendo leña proveniente de los desplantes acostumbrados a sacar los pies del tiesto.

Jaque mate. ¿Tú crees? Claro, no tienes opciones. Démosle la vuelta al tablero. Eso sería hacer trampas. Ya lo sé, ¿qué te importa eso? Hombre, pues si te gano y ahora le das la vuelta al tablero has convertido mi esfuerzo en el que tú no has hecho. Creo que no me estás entendiendo, no hablo de girar el tablero de manera que tu lado sea mi lado. ¿Entonces? Pues de darle la vuelta. ¿Te refieres a quedarnos con la parte de abajo? Sí. Pero así no podemos jugar a nada. ¿No? No sé, ¿a qué podríamos jugar? Al ajedrez no, desde luego. Por eso digo. Yo pensaba en inventarnos algún juego y ya está, uno al que pueda ganarte alguna vez, maldito cerebrito. Sabes que no puedes ganarme. Si estás sobrio no, claro... ¡Ah no, eso sí que no! Venga hombre, enróllate. No voy a volver a jugar a ningún juego de esos tuyos de beber. Va, sólo una vez más. Que no, joder, además a eso también te gano yo. ¿Cómo dices? A ver, esos juegos sólo valen para emborracharse, ¿no? Pues siempre acabo yo más borracho que tú. Ahí te equivocas, esos juegos son pruebas de resistencia y siempre acabo yo en pie sujetándote el pelo mientras vomitas. Hace mucho que no vomito cuando bebemos. ¿Cuándo bebemos o cuando jugamos a beber? Cabrón. Si es que al final te encanta y lo sabes, pero te haces de rogar. No es hacerme de rogar, es... No sé, no sé qué es. Pues eso, vamos a cocernos y lo averiguamos. No vamos a averiguar nada y lo sabes. Bueno, nunca se sabe, quizás hoy sea el día. Claro, como todos los otros días. Hombre, con ese espíritu desde luego que no. Sí, pues con el tuyo estaríamos muertos ya, los dos. ¿Y es que ahora se supone que no lo estamos?

lunes, 18 de julio de 2016

Un Café y Compartir Materia Gris

Estaba convencido de que había taponado el boquete por el que se escapaba un poco de pretérito. El caso es que seguía notándome el pinchazo en las costillas y cómo se me iban olvidando cosas. Al principio me suponía una preocupación casi médica, ahora me la suda. Sería hipócrita decir que no me arrepiento de nada porque, como ser humano, he hecho daño a gente, de todo lo demás tampoco es que esté orgulloso, pero sin peros. El caso es que el puto agujero se abre a veces y otras veces está tan cerrado que duele igual. Se me amontonan despedidas en la tripa, trenes que dejé pasar en el cielo de la boca y calentones de verano en los cojones y sin embargo pongo la sonrisa y tiro pa'lante. Podéis seguir agarrándome como zombis hambrientos para devolverme a una fosa, que lo hacéis más de los que creéis o podéis empujar el palé como a Brad Pitt en Snatch y devolverme a la batalla. Basta ya de hablar de mí.

Se le enredaba un poco de humo en el pelo, era difícil distinguir alcohol de sudor en su camiseta, le faltaban articulaciones para doblarse tanto, ninguno estábamos seguros de reconocerla pero a todos nos sonaba. Ni una mirada nos dedicó, pero se enzarzó en furiosos bailes consanguíneos, arrancando trozos de tiempo a mordiscos, llevándose hasta el último de los pensamientos que podía granjearse tirando de indiferencia. Meneaba bien el surco llamando a los arados, exudaba el caldo de cultivo de las madrugadas, bebía tubos de celos de sus teóricos amantes, con el hielo que había anidado en el pecho de los que habían revuelto sábanas con ella. Nos daba miedo, sí, porque éramos todavía demasiado imbéciles para entender lo que es una mujer libre o porque nos sentíamos tan hombres que creíamos que estaba todo por perder. No quise entrar en galimatías mientras podía verla golpeando las paredes del laberinto de mis anfractuosidades.

Pensé que podríamos tomar un café y compartir materia gris, pero al final siempre me pasa lo mismo, preferís una cerveza y que os regale tonterías de colores. Seguiremos siendo desconocidos por mucho que agitemos el pañuelo blanco en el andén o veamos la mano que dice adiós en el cristal encima de la matrícula que no podemos recordar. Es agotador haber escrito tantas cosas sobre el vaho que me parece ridículo hacer castillos en primera línea de playa. Sigamos con las palmas, marcando ritmos o poniéndolas hacia arriba como rezando, por Dios que pare ya. Decía Pablo Guerrero que tiene que llover, yo también creo que hacen falta más escorrentías recorriendo muslos y más pechos secándose al sol tras una buena tormenta.

La consideraban sabia, le pedían consejo, no les cobraba nada, ellos le robaban todo, casi sin darse cuenta, entraban en su casa, les gustaba el florero y se lo llevaban, les gustaba la mesita de noche y la cargaban en la furgoneta, les gustaba lo que tenía para comer hoy y lo cagaban en su baño, les gustaba la reserva de su mueble bar y pasaban la resaca en su sofá, les hacían gracia sus chistes y lloraban en sus hombros, tenían frío y quemaban un par de barcos que le quedaban por ahí, sentían un vacío en el estómago y mamaban la leche de sus hijos, estaban rotos y la dejaban sin herramientas, se encaprichaban de su cuerpo y lo profanaban, lo querían todo y ya no le quedaba nada. Ella lo único que no entendía era por qué mientras le robaban todo, no habían aprendido una mierda de sus consejos.

sábado, 9 de julio de 2016

No Quiero Saber Nada

Me canso de esperar las vacaciones, de las vueltas a los meridianos para saber a qué hora es prudente levantarse y a qué hora es tarde para acostarse. No quiero saber nada de esa mierda. Un balanceo más de la mecedora bajo el porche y la paja que mascábamos ya está marchita. Voy a por una cerveza y traigo más, pero al salir de la cocina ya tienes que irte, tienes que hacer no sé qué, has quedado con no sé quién, perdona, me llaman por teléfono, no pasa nada, sigo aquí, ven cuando quieras.

Quemando el calendario me di cuenta. Las barbas del lampiño y los viejos con la cara de Paul Newman. Rozando la treintena y todavía bajo cero. Veo fantasmas de Kim Novak paseando en mallas por la calle y voy a por un litro a la multi de siempre. Busco suelto en las ojeras y sólo encuentro sudor del lado frío de la almohada. Son las noches de verano que empiezan a las seis de la mañana las que pagan esas cuentas, no quise saber nada y empeñé aquel Casio de los ochenta.

Se me despega la suela de las chanclas, tanto correr y tanta hostia. Se calienta la bebida, tenemos mucha prisa. Cambio la configuración de tu sombra para ver si cae mejor. Aprieto el torniquete en los labios y me desnudo. Veo pasar los ciclos, ¿qué ciclos? No quiero saber nada de esa mierda. Me saca la resaca hasta la orilla a vomitar y me limpio las rebabas con la camiseta del ex algo de alguien, regalo de aniversario del que nadie quiso deshacerse. Mira a ver lo que alimentas.

Acicalando mis temores lo vi claro. Hinchamos la colchoneta a tope y deshicimos sus arrugas. Nos pegó bien duro el sol, estaba por caer la lluvia. Siempre con la agenda bajo el brazo, se te van a mojar los planes. Casi me caigo de la órbita. Me vine aquí cagando hostias. Suele acabarse el dinero antes que las ganas. Seguíamos flotando sujetos por un cordón umbilical. Estabais preocupados por si no salía como es debido, pero no quise saber nada, no tengo ninguna deuda.

Me vienes a decir que me tienes que contar, no los lunares. Abro la puerta y veo pasar dos días. Ahora ya no queréis iros. Le echo dos hielos a la clepsidra y me la bebo, no quiero saber nada de esa mierda. Doy vueltas en el suelo apagando un incendio que no deja de hacer música. Hay un coro de gemidos moribundos que nos miran. Vosotros sois vosotros, yo sólo soy uno. Dicen que el mundo gira, según desde dónde mires. Y ahora deja de leerme como si no me conocieras.

viernes, 27 de mayo de 2016

Pero Parece Distinto

Porque a veces celebramos la victoria sin tenerla, como un soldado en la trinchera, escribiendo ya poemas de posguerra. Pegados a la pantalla con cadenas observamos las celdas de Venezuela tras los barrotes de las nuestras. Vemos la paja en vista ajena y no el bukkake en la propia jeta, que nos resbala como casi todo lo que no se juega en un once contra once en alguna importante ciudad europea. Algunos gritan "balacera" asomados al balcón de las ojeras que presiden esas caras donde opina la Esteban. El discurso temeroso que con la baba se descuelga es la luz de la caverna que no deja ver qué hay fuera, arroja sombras pero sobre todo ciega. Hasta el derecho a querer nos niegan, pero es que tienen fans que les alientan, quién pueda entender que entienda, otros luchábamos acampados en tiendas. Cada uno recoge lo que siembra, cuando no se lo roban amparándose en la prudencia. Seguridad y vigilancia como única manera de aumentar la violencia. Protejamos la fe, las creencias y prosigamos con los desalojos de la ciencia. Las líneas de la frontera residen en las armas de quienes las gobiernan. Cuando terminen de matar al pobre a ver qué les queda, explotar las rentas de la carne que se amontona en las cunetas. Nos distraen con telones de tetas y líos de faldas con braguetas, hombres, mujeres y viceversa, sálvame o deja que me muera pero antes que devuelvan lo que llena sus carretas. El sudor de la gente a la que le roban la cartera no basta para apagar las calles, que se llenan de maderos que arderán en la hoguera.

Por qué sólo alabamos la derrota y tomamos como ejemplo lo plasmado en terracota, el ser humano ha alcanzado nuevas cotas, unos se han vuelto idiotas y otros se ponen las botas, pero el cien por cien se hace llamar patriota. Servídmelos con panna cotta y cuando se acabe el pan nos liamos a tortas, llevo años viajando a una dimensión ignota. Poca gente se cuestiona las cosas que le importan, desconocen que la verdad se autogestiona y que al descubrirla es cuando uno se lesiona. Ahora muchas cosas vanas impresionan, nos van dejando el cerebro blando como turrón de Jijona, a base de vídeos de Playground y el humor de José Mota, cuando algo te inflama ellos son tu cortisona. Pretenden enseñarte cómo es la familia de moda cuando ellos son la familia Trapisonda, donde el macho dicta normas y el resto acata o le parten la boca. Todo eso se tolera e incluso aplauden como focas, mientras alguno que no puede más se ahorca, dejando tras de sí algún alma rota. Quiero saber cuánto queda para esa gota que termine de llenar de rabia la copa, para que las paredes de las casas se rompan y la gente se eche a las calles a cambiar de lado las picotas. Nos seguimos quejando porque nos han vuelto masocas y porque sabemos que aún queda quien pinta sus sueños con rotus Carioca. Madres de familia locas cuando ven que el cadáver de sus hijos flota, sobre un mar que patrocina Coca-cola, preguntándose por qué si es que la tierra rota en su trozo del pastel nunca cambian las cosas.

Bienvenidos al laberinto, donde todo sigue igual pero parece distinto.

jueves, 19 de mayo de 2016

Sex on TV

Dos caricias en el lomo y un beso en la nuca, a sangre fría. Sólo uno, porque el resto no serían ya a sangre precisamente fría ni respetarían la frontera. Sin atenuantes, únicamente con brutal alevosía. Cambiando el lenguaje de las miradas sucias, que atraviesan la piara de zombis que nos separa, por el de los hierros al rojo con párrafos de carmín. Utilizando del sistema métrico sólo la parte que abarca la distancia entre la ropa y la piel. Midiendo la temperatura en grados de sábado noche sin más refresco que el del frío de los portales. Sujetarte el pelo sin que exista el riesgo de manchar las zapatillas y que la constricción sea el antídoto ante el miedo de dejarse perder en el vacío. Que se nos olvide la música pero sigamos bailando y que muchos vayan al baño a suicidarse por la envidia del cruce de piernas de este tango. Echarte una carrera desde el principio de tus medias hasta el punto donde tu meridiano de Greenwich se cruza con tu ecuador y manipular las coordenadas hasta que se nos olviden las horas. Bajarnos de las nubes el sudor y regar con él el surco hasta tu ombligo. Poner a prueba los muebles del Ikea y terminar haciéndonos tatuajes de felpa, con mucho cuidado de que los vecinos no vean lo que están oyendo. Dejar los churros con chocolate para otros y llevarnos el desayuno a la cama. Prolongar la guerra aposta, para seguir justificando las trincheras que tus uñas cavan en mi espalda, para seguir entendiendo el por qué de los gritos en la oreja, para seguir mereciendo las medallas que mañana nos salen en el cuello, para poder explicar el manto de casquillos por el suelo, para no dejar de provocar pequeñas muertes, para seguir asesinándonos.

Dormir sin conocernos y despertarse a mediodía con la sed de la resaca, para buscar el agua en la fuente de la vida. Que en duermevela te sonrías y vuelvan a estorbar las sábanas mientras el sol prende las persianas. Que me digas "ven p'acá que te voy a abrir los chakras" y que vistos desde arriba seamos un yin-yang inexplicable. Quedarnos con hambre y elegir los tres platos del menú, el postre nos lo llevamos puesto. Aprenderme las notas del somier mientras diriges la orquesta y afinar en todas las escalas, repasando las octavas, inventando nuevas claves. Apurar hasta la hora del café, meterme mil rayas de tus hombros en lo que la leche se calienta y aguantar hasta que hierva. Recuperar la dignidad con el pelo pegado a la frente, viendo en las nubes de humo que se agolpan en el techo los recuerdos de las noches que no tuvimos y de repente sentir la necesidad de arrojarse por la ventana, antes de que las ausencias llamen a la puerta con los golpes furiosos de una orden de alejamiento que en las manos les quema. Correr con el cinturón a medio abrochar, temiendo que un último vistazo nos haga echarnos de menos, deseando que sea imposible tener que saludarnos si volvemos a encontrarnos. Acortar la huida aposta, para seguir justificando el olor que se niega a despegarse de mi cuerpo, para seguir entendiendo el por qué de las pajas en la ducha, para seguir mereciendo el boquete que me llevo en la cartera, para poder explicar el por qué de este dolor de cabecera, para no dejar de provocar terremotos de conciencia, para seguir excusándonos.

Al final tenía que joderlo todo con una gracia inoportuna, como siempre.

viernes, 13 de mayo de 2016

Lo Iba a Contar Todo

Era difícil informar sin decir nada, sin un solo gesto, desde lo inmóvil del interior de un hielo que se deshace entre el zumo y la ginebra. El hielo gira dentro del líquido en el sentido que marca el hemisferio, a veces choca con el borde del vaso, a veces bota amenazando con tirarse por la borda y reventarse liberando su contenido. La lluvia sin duda ayuda a mantener el frío, de nada sirven las camisetas mojadas de misses sin país al que representar, de nada sirve la estampa de plásticos y pantalones remangados como de fin de festival. Lo que bebíamos cala, lo que caía también y lo que fumábamos ahúma, lo que mirábamos no mira, lo que escuchábamos no escucha, lo que bailábamos se baila. Se queda dentro del hielo y que le den por culo al mundo, burbuja con paredes cristalizadas de grosor suficiente para una habitación del pánico. Rasgaban las cuerdas y las vestiduras, ponían el grito en el cielo y desde el suelo replicábamos. Cada loco con su tema, cada droga con su loco.

En un instante todo se llena de pequeñas carpas y las nubes nada tienen que hacer contra ese invento, ¿o sí? Ay si tus padres te vieran. Vistazo alrededor, ausencias, huecos donde antes había alguien, aunque fuera inmóvil y pasivo como un vaso pisoteado. Seguía queriendo comunicar, pero debía atender una llamada. Tras la odisea el parnaso maloliente aguarda, es mejor no enfrentarse a los guardias que lo custodian, tarde o temprano les vencerá el hastío y volverán al lugar de donde no deseaban salir cuando lo hicieron. "Hacía calor pero tenía frío" o al revés, lo mismo da. Tránsito solitario en medio del maremágnum, danzando algo que nadie puede escuchar, ni siquiera el que lo danza, alguno se une a los improvisados pasos y al final la comparsa está completa para cuando regresa al punto de partida. Las mismas ausencias, aunque los huecos vuelven a tener alguienes que los rellenen.

El caso es que quería que lo supierais todo, pero ni os visteis ni os hablasteis ni os bailasteis ni os gozasteis ni os hicisteis ningún tipo de cosa que terminase en "steis" y además que, como ya decía, era difícil informar sin decir nada. Tampoco es que la situación se diese, estaba en su mundo porque el vuestro se antojaba pequeño visto desde el balcón de vuestros ojos. Intercambios esporádicos de bienes culturales, gotas de sudor y de lluvia y gritos muy cerca de la oreja, como follando, pero esta vez sólo jodiendo. El que quiera entender que entienda, aunque tampoco es así de simple, para ganar al ajedrez hay que mover las fichas, comer y dejarse comer. A veces contaba veinte y deseaba que hubieran sido sólo diez, pero ¿quién decide eso? Ya estaba dispuesto a viajar casi a donde hiciera falta, le llevaran o no los pies, pero como dijo una vez un sabio de estos tan denostados "el mejor camino es el de la cama" y allí se fue del bracete con la hambrienta jauría de mil perros que le mordían las entrañas y la bandada de cien pájaros que le cagaban toda la cabeza por dentro.

El caso es que tampoco fue gran cosa, pero se alegraba de haber estado ahí.

lunes, 18 de abril de 2016

Quemar la Noche

Se miró los nudillos. No le dolían. Muchísima sangre. Muy poca suya. Arrancó las astillas que tenía clavadas. Eran trozos de hueso. Se pasó las manos por la cara. El sudor y la sangre estaban a punto de sobrepasar sus cejas. El corro de gente. Todas sus bocas en forma de "o". No era capaz de reconocer ninguna cara. Sólo la de ella. Apoyada aún en la puerta. Sin terminar de creérselo. Bajó la mirada. Él estaba allí. Lo que quedaba de él. Su cara era poco más que pulpa. Todavía manaba sangre.

Regresó donde estaba su amigo. Y algunos colegas. Hicieron como que bailaban. Al menos él no bailaba. Ellas sí bailaban de verdad. Mucho humo. Poca luz. Algunos pocas luces. Echó un trago. Un empujón hizo que se cayera. Y el cubata también. Ya venía cabreado de casa. Se levantó. Lo cogió por la pechera. Recibió un cabezazo. Contestó. Los echaron.

Miró dentro de su cartera. Veinte euros la habitaban. Se acercó a la barra. Se abrió hueco. Educación y codazos. Llamó la atención de un camarero. Levantando la mano. Pidió un whiskey con seven-up. Esperó. Volvió a verla bailar. Oyó el vaso siendo puesto en la barra. El camarero echó tres hielos. Pidió que le quitaran uno. Tres dedos de líquido amarillento-marrón. El resto con gas. Le apetecía de verdad.

Las cervezas le habían astillado. Quizás los chupitos también. Quizás los porros también. Quizás la música también. Quizás la compañía también. Quizás la rabia también. El día que llevaba. La vida que llevaba. La gente que le molestaba. La gente que le faltaba. La gente que quería organizarle la vida. Sin preguntar. La gente que opinaba. Sin opinar. Devaneos. Mareos. Meadas. Arcadas. Todo dando vueltas. Cuando se dio cuenta ya estaba allí. De alguna manera empujado. Por los colegas. Terminó por entrar.

Se observó desnudo. Antes de entrar en la ducha. La música en el móvil. Retumbaba. Estaba lleno de arrechera. Ni siquiera bailó. Se metió en la ducha. Agua caliente. Onanismo. Jabón. Relax. Todavía quedaba rabia. Terminó de secarse. Se vistió. El móvil sonaba. Whatsapps. Iban a salir. Estaba listo. Estaba furioso. Quemar la noche. Más bien quemarse. ¿Ardería?

lunes, 11 de abril de 2016

La Hora de la Siesta

Quería aprovechar la hora de la siesta, cuando todavía no han salido los demonios y las brujas pero seguís adormilados, para contaros algo que os calara bien hondo, algo que se quedara en vuestro subconsciente, un texto tal que no supierais si lo habéis leído o es un recuerdo falso forjado un día cualquiera en un bar de mierda cerca de las cinco de la mañana. Unas palabras de esas que podáis decir siempre "me suenan", pero que nunca sepáis exactamente de qué. Unos párrafos sencillos, pero de los que pudierais hablar con cualquiera, de esas cosas que uno a veces hasta finge que sí que las conoce por no quedar mal, parecer imbécil o ignorante, siendo la mayor muestra de todas esas virtudes el hecho de no reconocer que se desconoce aquello que se finge conocer. Por eso quise elegir la hora de la siesta, para que pudierais escudaros en ese hecho y así yo también pudiera refugiarme en las horas que son para afrontar las críticas por un texto que no es tan bueno como debería, pero que sin embargo sigue clavado en algún punto de vuestra mente como una cancioncilla recurrente. ¿Por qué? ¿Y yo qué sé?

La puta hora de la siesta, que para algunos son quince minutos, para otros dos horas y para otros no existe porque nos sienta peor la siesta que un vodka de cuatro euros. Como iba diciendo, me gustaría escribir algo tan fascinante y volátil como los pellejos que salen a ras de uña, que no duran nada y sin embargo al quitarlos dejan una herida, una huella en tu piel, algo que todas tus células conocen pero que ya no está y que se repetirá una y otra vez como un salmo raro. Me gustaría que dentro de veinte años alguien me preguntara que por qué escribí esa entrada del blog y haberla olvidado ya, pero que siga dentro de mí y dentro de quien la haya leído. Para conseguir esto quería aprovechar el efugio del sopor de la siesta y colarme en vuestro duermevela como un Freddy Krueger de postín, que leyerais esto sin enteraros bien de qué va la cosa y el retrogusto de las letras apuñalara vuestro paladar. Quería, a fin de cuentas, escribir una cicatriz, de esas de las que sólo se acuerda uno cuando duelen por lo que sea.

Soy cobarde y por eso tenía que escribir esto en este momento. Si os pillase con las pilas al cien por cien, con la atención dispuesta a ser concentrada en lo que queráis, este folio sería otro cualquiera. No soy tan bueno haciendo esto como para colarme en vuestro cerebro sin que esté en un estado más frágil que de costumbre. Esa vigilia que os envuelve ahora mismo es el puente que me permitiría hablar con la voz que suena en vuestra cabeza mientras leéis esto. Quería alcanzar por las letras aquello que vetáis a la voz y a la cara y para ello pensaba aprovechar la hora de la siesta. Quería hacer algo increíble y hacerlo con premeditación y alevosía, quería joderos la siesta y parte de la vida, clavaros una espina en un pliegue de vuestra masa gris, construir un resorte sin palanca ni fecha de activación, echaros en las narices un soplo de burundanga que os hipnotizara y os dejara a merced de mis frases.

Todo eso quería hacer, pero al final se me pasó la siesta.

domingo, 3 de abril de 2016

Es Difícil

Salió a la calle con los cascos puestos y entonces mi madre interrumpió este relato para preguntarme algo de un botón del mando de la televisión nueva. Él seguía en la calle, esperando a que yo escribiera qué era lo que iba sonando en sus cascos, pero mi hermano justo en ese momento contestó al whatsapp que le escribí a las 18:10. En fin, que el tío este iba escuchando... Me cago en la puta, ahora llama mi tía al fijo. Que va escuchando unas bases libres que ha encontrado por internet. Lleva unos meses planteándose empezar a rapear o a intentarlo, aprender a rapear sería lo correcto, pero él no lo dice así. Su cabeza se va fragmentando y mi madre vuelve a interrumpirme para que mire un perro que está saliendo en la tele. Como iba diciendo, su cabeza se va llenando con un baile de fractales, imágenes sin fin que mi madre interrumpe otra vez por el puto perro, incluso mientras escribo mirando al perro me insiste en que mire al perro. La verdad es que el perro es muy salaíno, pero ahora estoy a otra cosa, creo que no es difícil de entender. Su cerebro está en un viaje ácido, sumido en una espiral que avanza pero que parece no tener fin. Sin embargo le jode, no quiere ese viaje. Quiere que las palabras se le agolpen, que se unan para linchar su masa gris, que formen una batalla campal salpicando tildes y acentos por las paredes de su cráneo. Una maldita masacre y que, al final, los supervivientes se agrupen de tal manera que las rimas salgan solas.

No es tan fácil como parece escuchando a los que lo hacen, con la escritura pasa lo mismo. Lo que ocurre es que mi madre quiere que vuelva a mirar la televisión porque informan de la última victoria del Barça de baloncesto y por si no me había enterado, que a mí me gusta mucho el basket, pero joder, estoy escribiendo o intentándolo al menos. Nuestro protagonista no se frustra, pero tiene prisa y ésta no es buena compañera en estas lides, quiere correr antes de andar y corre, quiere que le salga a la primera y le sale cuando le sale, como a todos. Pero es que tiene un presentimiento, cree que tiene las herramientas y las ideas necesarias para hacerlo perfecto, es una misión divina, su propio dios quiere hablar a través de sus canciones. Es sólo cuestión de tiempo que consiga canalizar el mensaje que debe transmitir. Lo que no termina de entender es que Noé tenía los materiales, el conocimiento y las herramientas para hacer el arca, pero aún así su dios le dio tiempo para hacerla.

No se valora el ensayo. La sangre joven quiere imprimir la energía con la que recorre sus venas en todo lo que él hace, plantando en los surcos de su cerebro la idea de que es mejor estamparse contra el muro y ver si lo atraviesa que pararse a pensar cómo sortearlo. Una suerte de carpe diem imbécil, en pausa porque mi tutora me llama por teléfono para recordarme que mañana he de ir a recoger los papeles de las prácticas. Un ansia de hacer, hacer, hacer, hacer buscando hacer bien lo que se hace. ¿Cuánto más fácil y más perfecto sería el resultado con la preparación suficiente? Eso ni se plantea, la vida es corta y se escapa todo aquello que queremos. Tiene 26 años y la sensación de llegar tarde a todo, de que se le acumulan las sensaciones acreedoras que esperan que las viva. ¿Qué coño va a hacer a los 40? No puede evitar la presión de los grandes que a su edad ya habían grabado su nombre con oro en la historia y se la suda que le digan que eran otras épocas con menos competencia y más oportunidades, donde todavía estaba todo por hacer y una idea mediocre podía llegar a la cima, no como ahora, que las fronteras se llenan de pisadas de genios sin patria que fueron vendidos a quien pudiera pagarles algo, lo que fuera, con tal de seguir vivos.

Su cabeza lleva un rato en blanco y la mía también, ahora no me distraía nadie, simplemente me quedé en la suma de todos los colores, sin que el chispazo de las neuronas alcanzara el final de la etapa que se encuentra en mis dedos. Creo que lo voy a dejar aquí, si él termina lanzando su mensaje ya lo escucharemos por ahí, si yo termino lanzando el mío, ya lo leeremos por ahí.

miércoles, 30 de diciembre de 2015

¿Tiene fuego?

Estaba sentado en su taller delante del banco de trabajo, con las gotas de sudor haciendo eslalon por su frente, el suelo cubierto de serrín de varios días y el mandil estampado de mil barnices diferentes. El fino rayo de luz que se colaba por el cristal roto del taller caía justo sobre la cabeza que acababa de tallar. Las manos cansadas y llenas de arrugas como el lomo de un libro viejo cien veces releído temblequeaban mientras cogían un cigarro del paquete que había sobre una mesa con herramientas. El cigarro llegó a los labios estriados de sequía del carpintero, que no atinaba a encontrar el mechero en sus bolsillos. Como hasta ahora, sin apartar la vista de su última creación, tanteó la mesa con las nerviosas manos buscando la chispa. Sería culpa del despiste, del ansia de las manos o del hambre de la sierra, pero se enganchó la yema de uno de los dedos en los dientes de esta última y empezó a llorar sangre desconsoladamente. El susto hizo que toda la familia de limas se arrojara al vacío. Pero el cabrón del mechero seguía sin aparecer.

Palpó los bolsillos del mandil, haciendo que las manchas de barniz tuvieran sexo forzoso con la sangre que manaba de su dedo pinchado o cortado. Las manos seguían sin encontrar lo que buscaban, así que dejaron el mandil todo revuelto y lo levantaron para acceder al pantalón, también repleto de medallas otorgadas por su buen servicio y años de experiencia, condecoraciones en forma de manchas de pintura de todos los tamaños y colores. Nada, ni rastro del fuego. Ensimismado como seguía con el bello busto, trató de pensar, sin dejar de clavar su mirada en los ojos vanos de aquella cara, cuándo y dónde se había fumado el último pitillo, en un intento por reconstruir las últimas horas del desaparecido mechero. No era capaz de pensar con claridad, así que no recordaba nada.

Se llevó una mano a la cabeza como si quisiera estrujarla para sacar el jugo de sus pensamientos y recuerdos a ver si aparecía el puto mechero de los cojones. Notó que algo le mojaba la cabeza y fue entonces cuando se dio cuenta de que se había cortado y llevaba sangrando un rato. Chupó instintivamente la yema del maltrecho dedo sin separar aun la vista de aquella mirada de encina y sin haberse quitado el cigarro de la boca. El sabor metálico de la sangre se mezcló con los restos de toda una vida de flemas parduzcas, nada nuevo para el hombre al que pertenecían la boca, las flemas y la sangre. Siguió libando la sangre, que extrañamente aun brotaba con abundancia y algo hizo clic en su cerebro. Acababa de ocurrírsele lo que le faltaba al busto para ser perfecto. Acercó su dedo sanguinolento a los labios de aquella mujer de la dehesa como para pedirle que no hiciera ruido y comenzó a recorrer con delicadeza cada uno de los milímetros que sus manos expertas habían tallado, deteniéndose en cada surco para que la sangre lo rellenara. Ahora se llevó de nuevo el dedo a la boca y lo chupó como si fuera la lengua de un beso platónico que aquella boca de madera pudiera darle.

Sacó el dedo de su boca cuando hubo terminado el beso, momento que coincidió con el final de la huelga de sus plaquetas que ahora sí sofocaban ya la violenta y sanguínea polución de aquel dedo veterano. Escupió con rabia el cigarro sobre la moqueta de serrín. Ahora que había logrado la perfección ya no tenía ninguna necesidad de volver a fumarse un pitillo para que el seguro creyera que el incendio del taller había sido fruto de una colilla mal apagada.

viernes, 25 de septiembre de 2015

La Venganza Definitiva

Estaba desnudo en mi habitación, con el pene aun en la mano, ya flácido y morcillón tras la dura sesión de amor propio. La persiana bajada por aquello de que no me vieran los vecinos y la puerta cerrada para que no se escapara el sonido del porno. Agarré el calzoncillo que me había quitado y limpié lo que había que limpiar. Cogí el tabaco de la mesilla, me lié un cigarro y me dispuse a tumbarme en la cama. Se me había olvidado coger el cenicero, así que lo sustituí por la piel de plátano que había desechado antes y ya de paso encendí el cigarrillo con el mechero de la mesilla. Ahora sí estaba preparado para tirarme en la cama en pelotas y meditar durante un rato. Cerré los ojos y aspiré el humo intenso, lo único que podría mejorar ese momento sería la sensación de sus manos posándose en mi pecho. No, no debía pensar en ella, ya la había perdido. Abrí los ojos con la intención de borrarla de mi pensamiento y entonces lo vi. Me miraba desde el techo con aquellos enormes ojos brillantes de un tono amarillo-verdoso. Tenía un cuerpo muy pequeño, peludo y marrón, como si fuera algún tipo de lémur. El diminuto cráneo cubierto de una maraña de pelo canoso y deshilachado y las manos rematadas por unas garras larguísimas que se clavaban en la pared. Allí, desde una esquina del techo de mi habitación, me miraba con aquellos ojos sin párpado. No sabía qué era ni cuánto tiempo llevaba allí, ni qué intenciones tenía, ni nada.

De repente reaccioné y salté, bueno, me tiré, de la cama. En ningún momento pensé en nada que no fuera salir cagando hostias de allí. Me puse en pie y fui corriendo hacia la puerta, tropecé con la alfombra y me caí, golpeándome el mentón con la silla que, por fortuna, estaba llena de ropa. Aun así me dolió. Miré atrás antes de tocar el pomo de la puerta. El bicho no se había movido un milímetro excepto por su cabeza, que había girado de tal manera que seguía mirándome. Era fascinante y extraño, pero la alarma en mi cerebro se apresuraba a obligarme a dejar de mirarlo y continuar la huida. Giré por fin el pomo de la puerta y salí de la habitación, menos sobresaltado que antes, pero todavía con prisa. Mi cabeza seguía llenándose de adrenalina y miedo, aunque no dejaba de pensar en aquel extraño ser. Bajé las escaleras dispuesto a salir corriendo de esta casa maldita, pero la puerta de la calle abriéndose me detuvo, era mi hermano. Se partía de risa al verme desnudo, pero mi cara desencajada se la cortó como un vaso de leche fuera de la nevera en agosto. Le conté lo que había ocurrido tan rápido como pude y acto seguido me preguntó si había vuelto a tomar tripis. Le agarré de la mano y tiré de él hasta mi habitación para que contemplara al sobrenatural voyeur que me atormentaba. Como pasa en las películas, al llegar allí no había nada, ni siquiera las marcas que sus garras deberían haber dejado en la pared. La cara de mi hermano era indescriptible, obviamente no podía creerme. Me convenció de achacarlo a las drogas, a la depresión por la ruptura y al estrés de mi situación laboral, tan inexistente como el observador desaparecido. Por supuesto no le dijimos nada a nuestros padres.

Pasaron los meses y medio me olvidé de aquel suceso, digo medio porque mi hermano se encargaba de recordármelo con sorna, vamos, que no me olvidé en absoluto de aquel ser de ojos grandes como bolas de billar. Su latiguillo favorito era el clásico "No te hagas pajas que te vas a quedar ciego y casi que mejor sería, ¿verdad hermanito?". El caso es que, como es fácil imaginar, la relación con él se había deteriorado mucho. Llegó un punto en que le odiaba. Tanto me daba la brasa, que me decidí a gastarle una broma que pusiera fin a sus burlas de una vez por todas. Elegí una noche que mis padres se habían ido a una cena con unos amigos, volverían muy tarde y nos quedábamos solos, eso significaba dos cosas: que tenía tiempo de sobra para ejecutar mi plan y que indudablemente mi hermano se masturbaría entre partida y partida de sus juegos online. En cuanto se fueron, puse en marcha "La Venganza Definitiva" (en mi cabeza sonaba muy bien ese nombre). Subiéndome en una silla rescaté de encima del armario al Señor Bombi, un peluche de un oso marrón con el que jugábamos cuando yo era pequeño. Después cogí la máquina de afeitar de mi padre, un trozo de salchicha del frigorífico y engañé a Guybrush, nuestro border collie, para que se dejara cortar un poco de pelo. Entonces bajé al sótano y cogí cinta aislante de doble cara, pegamento, un par de bombillas pintadas de rojo que había en la caja de adornos navideños y sus correspondientes portalámparas, dos pilas de petaca, un poco de cable, aguja e hilo y unas tijeras bien fuertes. Ya casi lo tenía todo, sólo me faltaba pasar por la cocina para coger el largo salvamanteles de mimbre que mi madre tenía por allí. Regresé a mi habitación con todas las piezas y comencé a crear al actor principal de mi venganza. Monté el clásico circuito que te enseñan en clase de tecnología, el de la bombilla conectada a una pila y comprobé que ambas funcionaban. Continué arrancándole los ojos al Señor Bombi para después abrirlo en canal, colocar dentro toda la circuitería y, con maña, sacar los portalámparas por donde antes estaban sus ojos, de tal forma que al poner las bombillas estas se iluminaban. Luego cosí la incisión con más mimo que cualquier cirujano. Ahora tocaba sacar unas varas de mimbre del salvamanteles, afilarlas un poco para que parecieran garras y coserlas a las manos del pobre Señor Bombi. Por último, pegué el pelo de Guybrush, alborotándolo, alrededor de la parte trasera de la cabeza del peluche. Me alejé un poco para contemplar mi obra maestra, sin duda era muy parecido al bicho que me atormentó en su día. Mi hermano se iba a cagar encima.

Convencí a mi hermano de que pidiéramos una pizza o algo para cenar y hasta accedió a bajar él a atender al repartidor, ese momento fue el que aproveché para pegar con la cinta mi macabro muñeco en una esquina de su habitación, donde sabía que no lo vería hasta que no se tumbara en la cama con el portátil, dispuesto a jugar con su joystick favorito. Finalmente cenamos chino en vez de pizza, al terminar, mi hermano volvió a recordarme que tuviera cuidado con las pajas y mi vista y le mandé a la mierda. Nos fuimos cada uno a nuestra habitación. Yo me quedé pegado a la puerta, esperando con ansia el momento en que descubriera mi engendro, hasta que me paré a pensar en que aun podían pasar horas hasta que el subnormal de mi hermano dejara de viciarse a sus juegos de mierda y se pusiera a darle a la zambomba, así que me tiré en la cama y me puse a leer hasta que me quedé dormido. Desperté un par de horas más tarde y fui de puntillas hasta la habitación de mi hermano para pegar la oreja a la puerta, no se oía ruido de juegos, mi hermano debía estar en plena faena. Esperé un rato a ver si por fin se ejecutaba mi plan, pero pasó alrededor de una hora y, sinceramente, dudaba que mi hermano tuviera tanto aguante. Pensé que se habría quedado dormido otra vez en la silla del ordenador, así que, frustrado, me fui directo a la cama, pero, justo cuando entraba en mi habitación oí un grito desgarrador proveniente del cuarto donde "La Venganza Definitiva" se acababa de cumplir. Fui corriendo hasta allí, abrí la puerta, grité "¡A ver quién es el que tiene que tener cuidado con las pajas ahora para no quedarse ciego!" y empecé a reírme a carcajadas. Cuando pude parar y abrir los ojos, miré a mi hermano, extrañado porque no hubiera dicho nada aun ni me hubiera pegado. No podía creer lo que veía, el cuerpo de mi hermano yacía en la cama, desnudo sobre un charco de sangre enorme y las cuencas de sus ojos estaban vacías. Corrí hacia él con la intención de socorrerle pero entonces lo vi en una esquina como él me veía a mí, instintivamente miré hacia donde había colocado el peluche, que ya no estaba y al volver a girarme para ver al ser que me observaba, sólo pude ver cómo una garra de mimbre afiladísima entraba en mis ojos, dejándome ciego y causándome un dolor indescriptible. Caí al suelo aturdido, con un sólo pensamiento en la cabeza: ojalá papá y mamá no vengan con ganas de fiesta.

miércoles, 16 de septiembre de 2015

Disparo, duermo y sé

Vuelta a empezar y van cuatro. Se esfuman las ideas como pájaros asustados por una palmada escopetera. No sé si es un cerebro cansado, ira infundada, un calentón que no termina de enfriarse o un portazo mal dado. Muy por debajo del río me dijo el suicida que a veces pesa más el cuerpo que las cadenas. "Garrotazo y tentetieso" en la televisión y después echan Los Bingueros, quién pudiera jugarse el devenir del mundo a un farol de doses. Yo sólo disparo y disparo... y disparo. Perdigonazos que generan pérdidas en una auditoría tan falaz como castiza, es tan ancha Castilla como el hambre de los extremeños. Pateras y estrellas del pop haciendo nubes de polvo en el horizonte, todos esnifando la boina informativa de la capi que no deja ver el sol. Duermo, dormimos, dormíais, por sobre el cielo de los chemtrails, estirando las alas cansadas de Ícaros cualesquiera. Permitidme una licencia barata, que no me alcanzan los bolsillos el precio de soñar hoy día. Recreo el tintineo de dos hielos en copas de sudor mundano y contemplo las arrugas escaparse bailando entre mis dedos. Geometría y cómics en dientes amarillos por el sarro, bañeras llenas del barro de los sinsentidos de un noctámbulo. Conjuntos de palabras que se estrellan a diario en caras de gentes sin tiempo para escuchar a nadie. ¿Qué saben los labios del sabor de las cosas?

Hay quien acepta por compromiso subir a la montaña rusa de un desconocido, agitar un tubo sin falda al son de una meada más caliente. Broncas de platos rotos que terminan en un tiro de keta con fondo musical de Raphael. Surcos de pana que madrugan para ir a por churros y se toman la molestia de leer las noticias que los envuelven mientras el azúcar se cuela en su córnea aún dormida. Puede que no exista aquel que entienda, que sea mentira aquella luz que se apagaba. Yo sólo disparo y disparo... y disparo. Malabares que agasajan a un público imbécil, dictador de absolutismos mayoritarios, preguntando el por qué y el cómo, jamás el cálculo. Hay quien asegura que no come, pero todos expulsan excrecencias por su boca de ano y van por ahí con un trozo de papel a modo de rabo, colgando del culo. Duermo, dormimos, dormíais, colgados como musarañas de castillos en el aire, gota a gota haciendo charcos de sangre. Salpicaba la sartén gotas de aceite en braille, directas al mandil de los sintecho que se agolpan tras la barra americana. Las piernas de la stripper cabalgando aquel misil, la crisis nuclear de lo rural. No quiero saber nada y ya sé demasiado. Dan por culo al inocente innecesario, presidentes escuchando lo que habla tu neceser, hijos denostados con acritud antifúngica. ¿Qué saben los párpados del color de las cosas?

martes, 3 de febrero de 2015

Hiperhidrosis

Le vino bien que entrara aquel aire gélido por la ventana rota, a pesar de que, por algún motivo inexplicable, seguía sudando más que Striker en Aterriza Como Puedas. La verdad es que su sudor no era lo único difícil de explicar en aquella situación, de hecho, es posible que fuera consecuencia de la maldita salsa que tomó en el restaurante mejicano hace escasamente una hora y media, picaba tanto que bien podría haber sido el sudor de Satán. Sería pertinente también tener en cuenta que vive en un edificio con calefacción central, lo que normalmente es una ventaja en vez de un inconveniente, pero en este caso él es la única persona de menos de setenta y dos años en todo el bloque, y eso implica imaginarse a ancianos hasta arriba de sintrom frente a lo que quiera que sea que controla la temperatura de los radiadores, maldiciendo y golpeando el cacharro ese porque no sube de cincuenta grados. Otro factor importante es el hecho de que no se había quitado todas las prendas de abrigo que, cautamente, se puso antes de ir al restaurante. El caso es que hacía frío suficiente para llevar todas esas prendas, incluso las orejeras y el pasamontañas, y que, hasta ahora, no había pasado calor alguno y ni una sola gota de sudor se había asomado a su frente. ¿Por qué diantres sudaba tantísimo entonces?

Puede que en el trayecto del restaurante a su casa desarrollara algún tipo de enfermedad extraña y desconocida que provoca una sudoración extrema e inaudita en el enfermo, quizás incluso sea él el primer caso en el mundo. El principio de la navaja de Ockham nos lleva a descartar esta opción, pero ese mismo principio obliga a pensar que el propio Ockham nunca sudó de esta manera, ¿vamos a seguir entonces las ideas de un tipo que nunca ha estado en la piel de otro tipo que suda como ningún otro tipo sudó nunca en toda la creación? ¿Es que estamos locos o qué? Otra explicación plausible sería que en vez de ser sudor fuera simplemente agua y que este sudoroso individuo estuviera calado sin darse cuenta pero, con el frío que hace, es imposible que no se hubiera dado cuenta de que estaba calado, salvo que hubiera contraído, en el transcurso del restaurante a casa, una enfermedad nueva cuyo único síntoma consiste en que el enfermo no es consciente de que se moja cuando se moja, pero a mí eso me parecen muchas enfermedades desconocidas para una sola persona en tan poco lapso de tiempo. Supongo que Ockham pensaría lo mismo.

Dejando el asunto de las enfermedades aparte, seguía siendo inexplicable la sudoración de este tío. Sudaba tanto que Dios estaba desesperado buscando el número de Noé para encargarle un arca nueva. Sí, estoy afirmando que incluso Dios desconocía el motivo por el que este hombre sudaba de esa manera desproporcionada y cruel. Buscando el lado positivo a este extraño suceso, al menos no era una persona de esas que tienen un sudor muy fuerte, de hecho parecía no oler a nada, aunque tengo la ligera sospecha de que si esto se alargase terminaría apestando. Era como un sobaco en Almería en agosto, pero del tamaño de un hombre. Algo inaudito, pero que podría explicarse simplemente con un fenómeno orgánico que todos conocemos bien: la sudada de un domingo de resaca. El cuerpo expulsa toxinas y mierda en general que no ha sido capaz de eliminar mediante la orina, el vómito y las heces, generalmente diarreicas, que llevan produciéndose desde el momento en que el nivel de toxicidad del organismo es más alto de lo tolerable. Sin embargo, él no estaba de resaca, ni siquiera había bebido alcohol o se había drogado en los últimos dos meses.

¡Ya lo tengo! El tío está nerviosísimo por el motivo que sea, a lo mejor va a cometer un delito o a rodar su primera escena porno o acaba de encontrarse a Inda y Marhuenda desnudos dentro de su cama o no termina de creerse que los billetes nuevos de diez y cinco euros son de curso legal. Pero no, el tío está tremendamente tranquilo salvo por la cantidad de líquido que está perdiendo por cada uno de los poros de su piel. En realidad lo único que le preocupa es algo de lo que nosotros nos hemos olvidado llegado este punto, ¿cómo se ha roto la ventana?